El Llobregat

El sorprendente secreto trás la despensa del Delta: La lucha de dos jóvenes por el futuro del campo

Laura García Martínez | Viernes 08 de mayo de 2026

Guillem, de la saga Tugas, cree que la actual falta de vocación agrícola se debe a “la desconexión” entre el campo y la ciudad. “Lo que antes hacía mi abuelo en un día con un caballo, ahora lo hago yo en una hora con un tractor”, explica Germán Domínguez



A pocos kilómetros de Barcelona, donde el asfalto parece ganarle la batalla a la tierra, el Baix Llobregat conserva todavía un paisaje agrícola que alimenta a buena parte del área metropolitana. La despensa de Barcelona lo llaman. Alcachofas, lechugas, espinacas, brócoli, higos o tomates crecen a un paso de una urbe de millones de habitantes. Sin embargo, ese agropulmón verde está aquejado de un mal que no siempre se percibe desde fuera: cada vez hay menos jóvenes dispuestos a continuar trabajando el campo. Aunque Guillem Egea y Germnán Domínguez son de las pocas excepciones a la regla. El agrofuturo pasa por sus manos.

Guillem Tugas: llegar casi sin buscarlo

Guillem Egea Tugas tiene 28 años y forma parte de la cooperativa agroecológica familiar Tugas. Su historia es la de muchas explotaciones del Baix: tradición, adaptación y una entrada al sector casi inesperada. En su finca se cultiva un poco de todo: “Trabajamos todo lo que son lechugas, de todo tipo, la Roura, la Maravella; también acelgas y espinacas. Ahora tenemos alcachofas y, después del verano, higueras. Tocamos un poco todo: brócoli, coliflor…”, explica el joven Tugas.
La relación de su familia con la tierra viene de lejos. De muy lejos. “Mi familia lleva dedicada a la agricultura muchísimos años, porque el abuelo de mi abuelo ya trabajaba en el campo”, explica. Incluso el apellido le delata: “Mi abuelo se llama Antoni Tugas Pagès, de pagès en catalán, imagínate”.

Guillem Tugas

Su incorporación al surco y el caballón fue progresiva. Empezó repartiendo cestas durante la pandemia y terminó quedándose al pie del terruño. “Nunca lo tuve claro del todo, pero con los años cada vez lo he tenido más claro”, asegura. Hoy forma parte activa de la empresa de casa, que sigue siendo familiar: “Ahora mismo estamos mi tía, mi madre, mi abuelo, que viene siempre que puede a echar un vistazo, y yo”, enumera. Tugas reconoce que el mayor obstáculo al que debe hacer frente es la desconexión vital entre ciudad y campo: “No se reconoce realmente cómo es este trabajo. Está bastante alejado de la gente”, se lamenta.

Llegada con la pandemia

Guillem no pensaba de joven que acabaría siendo agricultor. Su llegada fue durante la pandemia. “Yo empecé en la época del Covid-19 porque teníamos que repartir muchas cestas a domicilio. Empecé de repartidor y poco a poco me fui metiendo en la empresa, fui viendo todo, y la verdad es que ha sido un sector que me ha acabado gustando mucho”. Reconoce que no fue una decisión clara desde el inicio. “Nunca lo tuve claro del todo, pero con los años cada vez lo he tenido más claro”. El contacto diario con el campo le cambió la mirada.

Su jornada empieza temprano. “Normalmente trabajamos de siete a tres. A primera hora sacamos todos los pedidos del día y empezamos a preparar los manojos y todo lo que se puede hacer antes de ir al campo”. Cuando ya hay luz, toca cosechar. “Después vamos a recoger todo lo que necesitamos para preparar los pedidos, hacemos los albaranes y los mandamos a nuestros clientes”, relata el joven payés.

“Nada es excesivamente duro”

Lejos del estereotipo del trabajo duro e ingrato, Guillem no lo vive así. “No creo que haya nada excesivamente duro. Hay cosas que te gustan más y cosas que te gustan menos, pero como duro, duro, no sabría decirte”. Al contrario, el agricultor destaca lo que más disfruta: “Por las mañanas me gusta mucho cosechar lechugas, preparar pedidos y el trato con los clientes, saber que están contentos”. Se conforma con poco.

Pero el problema no es solo personal, es social. Guillem lo nota cuando habla de los jóvenes. Hay un distanciamiento por los urbanitas. “Muy poca gente está interesada o motivada porque piensan que esto va a ser muy duro”, revela. Esa desconexión entre ciudad y campo es, sin duda, uno de los grandes obstáculos para que cuaje un relevo generacional.

Germán Domínguez: empezar de cero

Si la historia de Guillem Tugas es la de una incorporación natural, la de Germán Domínguez es la de un regreso consciente. Tiene 30 años y es propietario autónomo de su explotación: El Nano Farinetes, en Sant Boi de Llobregat. Su abuelo fue agricultor, pero la tradición se rompió cuando sus padres tomaron otros caminos profesionales y la empresa familiar cerró. Las tierras fueron arrendadas y todo parecía indicar que aquella etapa de la saga había terminado.
Pero Germán no lo veía así. “Desde los 9 años pasaba los veranos en el campo con mi abuelo”, recuerda. Aunque estudió electromecánica, al terminar decidió volver a la tierra. Con 19 años recuperó las dos hectáreas familiares de los aparceros y empezó en el tajo desde cero. Hoy, once años después, gestiona 13 hectáreas. “Decidí empezar la empresa otra vez, recuperé las tierras y me lancé”, rememora Domínguez.

Germán Domínguez

Su día a día va mucho más allá de sembrar y cosechar. Lleva la gestión, la contabilidad, la planificación de cultivos, la compra de plantel y la comercialización. En invierno cultiva alcachofa, el producto estrella del Baix Llobregat, calçots, coliflor y lechuga; en verano, tomate y calabacín. Actualmente trabajan cuatro personas en su finca y su producto se distribuye a través de Mercabarna y de la venta directa en el mercado de Sant Boi, donde sus padres se encargan del puesto. La alcachofa marca el ritmo de estos meses. “No es como una lechuga que cortas y vuelves a plantar. Aquí cosechas y cosechas durante seis meses”, explica.

Un sector incomprendido

Germán no edulcora la realidad. “El sector primario es duro. En invierno hace mucho frío, y en verano muchísima calor”. Y añade una reflexión clave: “Diría que está poco valorado por la sociedad en general, aunque ahora se empieza a valorar más por el tema de la alimentación sana”. Para él, el problema del relevo generacional es evidente: “De mi edad aquí somos seis, todos hijos de agricultores. Nadie que haya empezado sin tener una pequeña raíz familiar”. El acceso a la tierra es una barrera clara: “Es muy difícil si no tienes o conoces a alguien que te abra el camino”. insiste. La percepción social tampoco ayuda. “La gente no acaba de ser consciente de lo que es el trabajo en el campo y la gente joven no se interesa. Solo los que ya lo conocen o les viene de familia”. En Cataluña, además, el envejecimiento de los agricultores es evidente. “Somos pocos jóvenes, comparado con la gente que tiene más de 55 años”.

El choque generacional en su caso ha tenido serias aristas. Al principio, las diferencias con su abuelo eran constantes. “Llegó un punto en que chocábamos muchísimo. Él quería hacerlo a su manera y yo quería modernizarlo”. Finalmente tuvieron que marcarse límites. Esa modernización es, para él, imprescindible. “El futuro de la agricultura no es un sector anticuado, es un sector tecnificado”, defiende. Ahí está la maquinaria que reduce tiempos y esfuerzo. “Lo que antes hacía mi abuelo en un día con un caballo, ahora lo hago yo en una hora con un tractor”. Las redes sociales también forman parte del presente agrícola. “Son una herramienta imprescindible y dan muchísima visibilidad, sobre todo si haces venta directa”.

Hay muchas subvenciones y ayudas

Las ayudas existen. “Hoy en día hay muchas subvenciones y ayudas. La administración está ayudando mucho”, reconoce. No obstante, señala que siempre se puede hacer más. Y es que sin relevo generacional, el futuro es incierto. “Me preocupa el relevo, y no solo en el Baix Llobregat, sino en toda Cataluña”, azuza Domínguez y cuenta que solo hay seis o siete campesinos menores de 40 años (lo que se considera joven) en la comarca. Aun así, se muestra convencido del potencial del Baix: “Estamos en una zona privilegiada. Si nos lo creemos, se podrá mantener”. Y añade, “Es verdad que los precios a veces dejan márgenes muy justos, pero también hay buenas temporadas. Hay que modernizar el mensaje”. Porque, pese a las adversidades, él lo tiene claro: “Es muy sacrificado, pero también es divertido. Estás en plena naturaleza, al aire libre. Cada día es diferente... Yo me lo paso bien, por supuesto que lo recomendaría”, confirma.

Las condiciones laborales no es que ayuden mucho a atraer más jóvenes. Germán lo resume con realismo: “Las condiciones salariales son como en cualquier otro sector, mínimo el convenio y ya está”. A eso se suma la dificultad para encontrar trabajadores: “Nos cuesta mucho encontrar personal cualificado y sobre todo personal nacional. Casi todo es gente extranjera, de África”, admite.

“Cualquier alimento viene del campo”

Pero para ambos agricultores, el sector primario es estratégico, clave y necesario. “Comemos tres veces al día y cualquier alimento viene del campo”, recuerda Germán Dominguez. El Baix Llobregat sigue siendo un enclave privilegiado: tierra fértil junto a una gran ciudad y un mercado potencial enorme. Pero el futuro agrícola comarcal va a depender de que más jóvenes como estos dos se apunten al carro. Incentivos hay. Existen ayudas para empezar. “En Cataluña está la incorporación de joven agricultor, un fondo europeo de unos 35.000 euros que te ayuda a hacer el itinerario formativo y poner en marcha la explotación”, admite Germán. Pero todavía falta consolidar mecanismos reales de relevo. “Se está trabajando para que un joven tome el testigo de un campesino que se jubile, pero aún se tiene que aprobar”, lamenta Domínguez. Si no se consigue, se corre un alto riesgo. “El territorio se puede quedar abandonado y las presiones de las ciudades cada vez son más fuertes. Acabarán comiéndose este pulmón abierto de un área metropolitana de millones de habitantes. Tenemos una suerte que pocas ciudades del mundo tienen”.

Aun así, Germán no es pesimista con el campesinado del Baix Llobregat. “Tenemos mucho futuro. Estamos cerca de la ciudad y producimos productos de una calidad espectacular”. Pero hace falta implicación social. “Falta que la sociedad se lo crea y consuma producto de proximidad. Es una cuestión de conciencia más que de payeses”, subraya Germán.

Un futuro más allá de la azada

El futuro del campo tampoco es solo azada y tractor. “Cada vez salen más robots, maquinaria para técnicas ecológicas, tecnología... También hacen falta mecánicos, especialistas en vehículos agrícolas, robótica… Hay muchos trabajos indirectos dentro del sector”. Guillem Tugas encarna esa mezcla entre tradición y adaptación. No llegó por obligación, sino por experiencia. Descubrió que el campo no es solo sacrificio, sino identidad, producto local y relación con la gente.
En el Baix Llobregat, el relevo generacional en el campo no depende únicamente de que los jóvenes quieran quedarse, sino de que la tierra, la administración y la sociedad entiendan que sin agricultores no hay paisaje, no hay producto de proximidad. Y, sobre todo, no hay futuro. Para nadie. III

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