Las vacaciones estivales mantienen una memorial sentimental compartida por todas las generaciones que construye la historia. Para una psicóloga, el tiempo de estío es “una oportunidad para el atrevimiento, lo nuevo y la búsqueda de los placeres sencillos”. Las vacaciones estivales mantienen una memorial sentimental compartida por todas las generaciones que construye la historia
Pase lo que pase con la selección española, “este es el verano del Mundial y el objetivo es vivirlo en la calle”. “Pero hijo- repliqué a mi vástago pequeño- “¿no te gustaría aprovechar el verano y hacer un curso de inglés, un casal fuera...?”. Como buen adolescente se mantuvo en sus trece, imperturbable, y pronunció su palabra favorita: “No”.
Busqué ayuda en el saber de Irene Cabrera, psicóloga general sanitaria. “Desdeña, olvídate de la palabra productividad. El verano no está hecho para ser productivo”. Esta profesional de la palabra, vecina de Sant Andreu de la Barca, define al verano como “una ventana a lo nuevo”. Si el mes de septiembre nos reengancha a la “rutina” y Navidad al “recogimiento, al balance”, el verano es una oportunidad para el atrevimiento, lo nuevo, y la búsqueda de los placeres sencillos. “Las redes sociales, el concepto de productividad condicionan nuestro presente. Nuestra forma de vida nos empuja a no parar de hacer cosas y a mostrarlas al resto. Hay que volver a recuperar las cosas sencillas. Tomar un helado con un amigo en el parque una tarde de verano puede convertirse en un momento feliz. No pasa nada si tu hijo no quiere estudiar inglés este verano y prefiere pasar el tiempo en la calle. Que si lo quiere hacer, perfecto, pero si no es el caso, ya tendrá tiempo de estudiar idiomas cuando vuelva el otoño”.
La receta de la psicóloga es sencilla: “Volver a tomar la calle” como escenario estival. E insta a los padres actuales a “abrir la ventana del verano” sin prisas ni presiones. “Que tu hijo adolescente quiere disfrutar en exclusiva del Mundial con sus amigos, ¡déjalo construir sus propios recuerdos este verano!”.
Mis recuerdos en especial los de las vacaciones de verano tienen banda sonora. ♫...Ya no puedo más, ya no puedo más. Siempre se repite esta misma historiaaaa ....estoy harto de rodar como una noriaaaaa... ♫ Camilo Sesto sonaba durante buena parte del ineludible trayecto en coche desde Sant Boi hasta el sur de España durante mis meses de agosto en familia de los años setenta y ochenta del siglo pasado. La voz del valenciano, uno de los más grandes, nos hacía más llevadero un viaje de mínimo ocho o nueve horas dentro del vehículo ¡sin aire acondicionado! ♫ Sueños que son amor, son sueños que son dolor ... Yo necesito saber si quieres ser mi amanteeee ♫, recitaba el rapsoda de Alcoy.
Si la retentiva no me falla, de niña, me sabía de memoria las principales letras de Camilo. La música, las canciones construyen los veranos de las personitas que fuimos y los enclavan para siempre en nuestra memoria. El director de El Llobregat, Xavier Adell, me insistió al pactar esta crónica de los veranos del pasado: “No te olvides de las canciones del verano, que las hecho en falta”. Adell no ser refería al repertorio de Georgi Dann sino a “Moolinght Shadow (Mike Oldfield), Dolce Vita (Ryan Paris), Colegiala (Gary Low), Live is Life (Opus), Voyage, voyage (Desireless) o Lambada (Kaoma)....” , temazos bandera de todo una generación con un dulzón regusto a vacaciones, a fiestas, a los primeros bailoteos.
Además del sonido de la música y las canciones que acompañaron los veranos de nuestra infancia y adolescencia, existe otro delicioso ruido sin el cual no hay verano que valga. Se trata de ¡Plaf!, el golpe seco de un cuerpo contra el agua. Las piscinas son los lugares que más felicidad generan. Son un rayo de luz y de vida. Uno de los grandes inventos de la humanidad, junto a la penicilina. Pequeños reductos de las emociones más cristalinas e intensas. Generación tras generación despiertan las sonrisas más auténticas. El politólogo Oriol Bartomeus describe (sobre la base del análisis del comportamiento electoral) el paso del tiempo y la substitución de una generación por otra en su ensayo El peso del tiempo, una excelente lectura para este verano.
Pero en el ceder continuo del espacio y tiempo de una cohorte generacional a otra se mantiene esa memoria sentimental compartida, que se transforma, sí, y a la vez construye el mismo mar de sentimientos en el que todos (niños jóvenes, adultos y viejos), chapoteamos. El tiempo de verano es uno de ellos. La francesa Annie Ernaux en Los Años hace de la memoria sentimental una puerta que se abre y cierra tras cada generación. Es como si los meses de junio, julio y agosto fueran la tierra fértil donde construir la crónica histórica que se edifica con los ladrillos de la reminiscencia de cada uno de nosotros. Cada uno de nuestros recuerdos, de nuestros veranos, individuales e intransferibles, suman una pirámide, un castell, un rascacielos, la historia colectiva de un tiempo.
Así que ésta es una invitación dirigida, cariñosamente por supuesto, a las últimas cohortes del baby-boom. Pónganse cómodos en el sofá, cierren los ojos y rememoren los mejores veranos de su vida. ¿Los veranos de su infancia en la calle o el pueblo ocupan un lugar predominante en ese ranking de memoria? ¿Incluso se sitúan en posiciones superiores a los viajes por Europa o trayectos trasatlánticos? No se levanten aún. Sigan la recomendación de la escritora Doris Lesing, quien nos interpela constantemente en sus novelas a bucear en el niño y adolescente que fuimos porque en esa identidad pasada residen casi todas las respuestas. Vale, ahora sí pueden abrir los ojos, queridos y coetáneos boomers.
“La playa de la Barceloneta”. Este es primer recuerdo del empresario de comunicación local Manel Gómez, y responsable de las televisiones de Martorell y Sant Andreu de la Barca. “La misma tarde del día que acabábamos las clases desaparecíamos de casa. Hace años que vivo en el Baix Llobregat, pero yo me crié en el Gòtic de Barcelona. Y pasábamos los días en la playa de la Barceloneta. No aparecíamos por casa, solo por la noche para cenar. Nos dedicábamos en exclusiva a jugar. Aún recuerdo la playa de entonces y los chiringuitos sobre la arena”.
Para la jurista Toñi Jiménez, las calles de Viladecans fueron el plató vital de sus veranos. “Los veranos de mi infancia fueron los juegos en la calle. Jugábamos hasta tarde a policía y ladrones de noche e inventando formas de divertirnos. Empezaba el verano con la fogata de Sant Joan, la organizábamos los niños de la calle y también los mayores. Acumulábamos cosas para quemar en hogueras que hoy, afortunadamente, están prohibidas. Íbamos un fin de semana al pueblo a ver a mis abuelos y ya estaba el viaje del verano hecho. Los veranos cambiaron cuándo fui independiente económicamente y empezaron entonces los viajes nacionales e internacionales. Nuevos horizontes se abrían para mí y, hasta hoy, siguen abiertos. En algún momento, de niña, quise ser azafata, para ir a aquellos países de los libros que estudiábamos en el cole”, rememora Jiménez.
En la mayoría de los testimonios que El Llobregat ha recopilado durante este reciénn acabado mes de junio para construir este puzle sentimental del verano se reproduce el mismo binomio: calle y pueblo. Hubo un tiempo en el cual los veranos se repartían a partes iguales entre la calle de tu ciudad del Baix Llobregat (o de L’Hospitalet) y el pueblo donde habían nacido tus padres o abuelos.
Es el caso de Yolanda Bravo, docente en un centro educativo de Esplugues. “El verano era agosto. Y mi abuela despidiéndonos a pie de calle, ¡cuidadito con la carretera!, mientras mi padre se persignaba al volante del 124 antes de encender el contacto. Doce horas después llegábamos a Extremadura, siempre de madrugada, porque mi hermana y yo vomitábamos sin parar y viajando de noche nos dormíamos un rato. Era llegar y sentir el sol seco y alegre en la piel, la sinfonía de acentos en tropel, la calidez de los parientes lejanos. ¡Ya están aquí los forasteros! Era llegar y el verano abría sus puertas de par en par: el río, los primos, los ligues en la disco de arriba, la vaquilla del aguardiente, ir a por agua a la breña y de postre siempre sandía. Hoy soy yo (y mi pareja) quienes tejemos la red invisible de planes y afectos que hace que el verano sea posible. Una vez hecho esto, me dedico a leer, formarme, descansar y recuperar mi sistema nervioso para poder comenzar en septiembre un nuevo curso (guerra) en las aulas”, corrobora.
La doctora Rosa Martín, que ejerce en El Prat, recuerda el primer viaje en familia al pueblo de origen de su padre. “En 1980 fue el primer año que fuimos al pueblo de mi padre en Teruel. Fuimos invitados a la casa nueva que se había hecho el primo de mi padre. Se convirtió en el viaje más largo que hacíamos al año, con el coche hasta los topes y perdiéndonos (cada año) por Zaragoza (y eso que mi padre se la conocía como la palma de su mano…) unas broncas entrañables que aún hoy nos producen carcajadas. Y desde 1980 hasta el 1994 no fallé en ir al pueblo ni un solo verano, aunque ya de mayorcita sólo para fiestas”. Rosa conserva en la memoria tres nítidas imágenes; “Mi padre en camiseta Imperio, las rodillas con mercromina y pan aceite y azúcar”. revive la médico.
Los veranos de la crisis financiera a partir del 2009 cambiaron los hábitos de consumo y las expectativas para disfrutar las semanas estivales de descanso. Un sector importante de las clases trabajadores y medias renunciaron a los largos viajes o las salidas al extranjero. Dejamos de ser ricos y la opción del ‘pueblo’ resurgió de las cenizas. Durante el verano del 2026, y pendientes de la evolución geopolítica, nuevamente el pueblo o las calles de nuestra ciudad aparecen como opciones seguras y baratas para disfrutar del período canicular.
El tambaleante acuerdo de paz entre Estados Unidos e Irán, que si se cierra o abre el estrecho de Ormuz, sigue condicionando el precio del carburante. En este sentido, la incertidumbre no parece favorecer precios de avión asequibles para viajar fuera. Querido lector, si usted no se puede permitir viajar fuera, bucee en la memoria pasada para recuperar el disfrute de los espacios de su infancia. El verano del Mundial también se puede vivir en el barrio, en las playas de la comarca o en el pueblo. No olvide los libros y la música.
♫ Vivir así es morir de amor, por amor tengo el alma herida, por amor, no quiero más vida que su vida...MELANCOLÍA.... ♫, Camilo Sesto dixit. III
| La maquina turística |
| El Baix Llobregat ha cerrado 2025 con más de 1,2 millones de turistas alojados en sus establecimientos hoteleros y 2.743.608 pernoctaciones, en un ejercicio marcado por una mayor duración de las estancias y un aumento del impacto económico del sector. La comarca ha recaudado 2,54 millones de euros en tasa turística, un 20% más que el año anterior, mientras que el gasto medio por visitante alcanzó los 722,2 euros, lo que confirma al territorio como un destino turístico de primer orden también en verano. La evolución confirma la consolidación de un modelo turístico cada vez más diversificado, que combina el peso tradicional del turismo de negocios vinculado al aeropuerto y al entorno metropolitano de Barcelona con nuevos atractivos relacionados con el patrimonio, la naturaleza, la gastronomía y el turismo activo. El objetivo del territorio pasa ahora por atraer visitantes con mayor capacidad de gasto y favorecer estancias más largas. Los indicadores de inicio de 2026 apuntan a la continuidad de esta evolución positiva. Durante el primer trimestre, la ocupación hotelera ha alcanzado el 60%, seis puntos más que en 2025, con un incremento destacado de las pernoctaciones. La actividad vinculada a congresos, ferias y grandes eventos mantiene un papel relevante, reforzando la posición del Baix como destino complementario dentro del área metropolitana barcelonesa. Las previsiones para 2026 sitúan a la comarca ante un escenario de estabilidad con posibilidades de crecimiento moderado, apoyado en la fortaleza del turismo internacional y en su capacidad para ofrecer experiencias propias más allá de su proximidad a Barcelona. El reto será seguir avanzando hacia un turismo más sostenible, desestacionalizado y con mayor retorno económico para el territorio. |