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Jesús Vila logra, con su nuevo libro, el reconocimiento que L’Hospitalet debe a Vicenç Capdevila
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Jesús Vila logra, con su nuevo libro, el reconocimiento que L’Hospitalet debe a Vicenç Capdevila

jueves 16 de marzo de 2017, 12:06h

El periodista y escritor hospitalense presenta el libro ‘Capdevila i nosaltres: crònica política d’aquells anys decisius (1964-1979)’, que recupera la figura de Vicenç Capdevila, penúltimo alcalde de L’Hospitalet durante el franquismo | Más de un centenar de asistentes llenaron la sala de actos de L’Harmonia para reconocer la labor de Capdevila en el ámbito cultural y urbanístico desde principios de los años sesenta

“Intento huir de definiciones. Hay tanta gente que se pone camisas ideológicas cuando, muchas veces, la vestimenta es más lo accesorio. Lo que se siente auténticamente, uno lo plasma y vierte de forma clara a través de sus propios actos”. Él es el primero que huye de etiquetas y marcos estereotipados que no pasan nunca de la superficie y que, hasta ahora, le han impedido contar con el reconocimiento público que merece en su ciudad, L’Hospitalet. Vicenç Capdevila, que ahora tiene 80 años, fue concejal de cultura (1964-1971) y el penúltimo alcalde (1973-1977) durante la dictadura franquista; pero, por encima de todo, una figura clave, innovador, en un momento, también, fundamental para el desarrollo de la ciudad. “Tenía una visión demoníaca de los alcaldes franquistas”, ha reconocido el presidente del Centre d’Estudis de L’Hospitalet, Manuel Domínguez. “Los documentos me hicieron cambiar radicalmente la imagen de Capdevila sin mediar ninguna palabra con él”.

40 años después

Sin etiquetas, pues, el mismo joven periodista ‘huertamano’ que recorría las calles de L’Hospitalet siempre al borde izquierdo del ‘cleavage’ ideológico, Jesús Vila, recupera la figura del ex alcalde con el libro ‘Capdevila i nosaltres: crònica política d’aquells anys decisius (1964-1979)’. Lo hace a las puertas de los 40 años de las elecciones de 1977 en las que Capdevila dejó de ser alcalde para ir a Madrid como diputado constituyente, pero, además, en un momento en el que el debate sobre la calidad cultural y urbanística de la ciudad está más que vigente con el proyecto del distrito cultural al alza y la aprobación del nuevo PDU de la Granvia-Llobregat.

El libro, escrito en primera persona y a cuatro manos, muestra un formato innovador que va más allá de la publicación de unas memorias sobre Capdevila para convertirse en un más que interesante fondo documental de su trayectoria como concejal de cultura y alcalde, pero, sobre todo, en una crónica política que pone en cuestión la deriva en estos dos campos durante el periodo democrático: “Tengo la triste sensación de que este alcalde, muy criticado, no hubiera permitido la pérdida de estándares de calidad de vida que se han dado en estos 40 años de democracia”, ha dicho el periodista hospitalense y colaborador de El Llobregat, Jesús Vila.

“Puso el acento de las políticas de cultura y urbanismo al servicio de la colectividad. Una ciudad es más que calles, viviendas, vías, infraestructuras, tiendas, colegios e instalaciones sanitarias. Una ciudad con esos servicios cubiertos para algunos resulta insuficiente porque no aspira a ser una ciudad ideal. Me gustaría vivir en una ciudad con calles anchas, viviendas no demasiado altas, compatibles con espacios verdes, libres, establecimientos públicos... Y no es una ciudad utópica”.

No sucumbió al urbanismo

Así, pues, el libro muestra como Capdevila fue capaz de resistirse al goloso urbanismo para paralizar, como alcalde, diferentes proyectos pendientes con el objetivo de evitar “miles de nuevas viviendas y, por tanto, miles de nuevos habitantes con sus necesidades”, dice Vila. “En urbanismo siempre hay un pretexto para construir: creación de empleo, crecimiento de la ciudad, la especulación es lo último… Pero siempre hay un motivo para construir”, ha dicho, por su parte, Vicenç Capdevila.

Se revisó, pues, la ley que afectaba a todos los barrios, con limitaciones en las alturas; pero, sobre todo, los planes para Can Serra, Bellvitge o Pedrosa: “En 1968 detectamos que Bellvitge no tenía equipamientos sanitarios, asistenciales deportivos, enseñanza. Modificamos, primero, el plan para correr bloques y ganar espacios y, en 1975, llegó la modificación drástica para reducir el número de habitantes”, explica Capdevila. Más de una docena de bloques no se construyen en Bellvitge viendo las carencias que el barrio empezaba a tener por el crecimiento exponencial de viviendas sin los correspondientes equipamientos que un barrio requiere.

De hecho, la densidad de población es una de las feroces críticas del periodista en el libro, elemento que pone en cuestión la calidad de vida de los hospitalenses. Según datos del IDESCAT, L’Hospitalet tiene, actualmente, una densidad de 20.458 habitantes por kilómetro cuadrado, por encima de la media comarcal del Barcelonès (15.320 hab/km2) y de otras ciudades del entorno: Cornellà (12.300), Badalona (10.200), El Prat (2.000), Sant Cugat (2.800), Manresa (1.800), Cerdanyola (1.900).

En este sentido, Vila critica la voracidad con la que en las últimas décadas se ha ocupado el suelo: “En 1956, L’Hospitalet había ocupado 500 hectáreas de suelo, un 40% de la ciudad. En 1979, ya eran 900 Ha (73%). Cuando ya se tendría que haber parado para siempre, vemos que, en 1990, se han ocupado 1.100 Ha (88% del territorio) y, en el año 2000, 1.200 Ha (96%). Lo último, es la aprobación del PDU de Granvia-Llobregat que prevé la construcción de 25 rascacielos”, ha zanjado Vila, ante el run-run de los asistentes.

Pionero cultural

Antes de alcalde, como decíamos, Capdevila fue concejal de cultura, cargo con el que, también, fue pionero en muchos aspectos. En un momento en el que la sociedad se autoorganizaba y en el que la cultura no era una cosa que se programaba desde fuera, sino que venía del propio grupo, que se integraba y formaba una red de una manera solidaria, más allá de la ideología, “se crearon, en cuatro años, el premio de pintura, los festivales de verano, la semana cultural, premios de ensayo e investigación, premio de periodismo, proyectos con visión global de ciudad”, dice Vila. “Todo, además, con recursos financieros mínimos y una escasa plantilla”.

Según el entonces concejal, todo estaba, en cierta manera, ligado al desarrollo urbano de la ciudad: “En 1960, L’Hospitalet crecía a razón de 15.000 habitantes por año, con notables carencias: sin pavimento en las calles, solo se hacían viviendas, mientras que faltaban equipamientos, primordialmente escuelas. Y los que venían eran jóvenes y en plenitud procreativa”.

Reconocimiento institucional

El acto ha contado con la representación municipal del concejal de Cultura de L’Hospitalet, Jaume Graells, que, en sustitución a última hora de la alcaldesa de la ciudad, Núria Marín, ha mostrado el apoyo institucional a la figura de Vicenç Capdevila: “Se ha de hacer justicia. En la transición y en los primeros años de democracia se hizo un planteamiento maniqueísta y no se ha de hacer caso a los periodos. Para mí, la transición comenzó antes de la muerte del dictador. Y Capdevila fue una figura que fue a contracorriente”.

Graells ha destacado, en varias ocasiones, el papel de Capdevila, sobre todo, como concejal de cultura y “la bandera social que defendió”, mientras que, en materia de urbanismo, ha defendido que “L’Hospitalet no puede negarse al progreso y a las mejoras” y ha hablado de distintas realidades dentro de la misma ciudad y que, por tanto, no se puede abordar el debate de una manera global: “Donde tenemos problemas graves de densidad es, precisamente, en los barrios que se hicieron durante el franquismo y que han sido ocupados por familias extensas que han incrementado la población. Las actuaciones urbanísticas en democracia no han sido en estos barrios densamente poblados”.

Graells ha apuntado que, en materia de urbanismo, la competencia no es solo municipal y no ha descartado posibles derribos futuros en estas zonas.

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