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Votar al PACMA

29 de noviembre

miércoles 29 de noviembre de 2017, 17:35h
He descubierto estos días que no soy únicamente yo el que muestra ciertas incógnitas sobre a quien votar el 21-D. Si no eres ideológicamente de derechas, ni independentista, si no te fías de los acomodaticios —digamos PSC-PSOE— ni tampoco de los ambiguos —digamos Comunes y múltiplos—, solo te queda el PACMA. No es una mala opción pero tampoco es una buena opción tal como está Catalunya en estos tiempos.

Pero es verdad que, según lo que dicen las encuestas —y creo que van a equivocarse, como siempre— las mayorías entre bloques andan muy ajustadas y el bloque del sí pero no puede acabar decantando la balanza. Como en caso de poder decantarla nos imaginamos hacia donde va a ir el péndulo, algunos de sus potenciales votantes renunciaremos a secundar sus inclinaciones con nuestro apoyo. No vamos a ser muchos —algunos seguirán yendo a las urnas con una pinza en la nariz— pero aquello que hubiera podido ser, que es que los Comunes no solo se conformaran con ser bisagra, no será. Pero se conforman y se consuelan, que en política es lo que ha hecho siempre Izquierda Unida y no ha pasado de ser la pincelada roja de un parlamento muy centroderechista desde la Transición. Ahora, como podrían ser bisagra, ya están contentos. La cosa fue esperanza. Hoy ya es desencanto. Ni encantan ni contarán…

Iceta dará la sorpresa, dicen todos. Y puede darla, porque en unos pocos meses ha demostrado su talla y su genuina adscripción a la socialdemocracia de siempre. Cuando ambas cosas van juntas, el electorado se siente concernido y lo apoya. Tiene una autoestima alta. Claro que eso tampoco no es mucho habida cuenta del percal… En cualquier caso, Iceta puede conseguir apoyos incluso donde nunca los tuvo: entre gente a la izquierda de la socialdemocracia al uso, con aversión al independentismo arrollador y entre gente catalanista de orden que se siente perpleja ante su partido de siempre que perdió pactismo y pragmatismo aprisionada inconsecuentemente entre los republicanos y la CUP.

La derecha catalanista que se echó al monte con los rovirajunqueras y la CUP, ha hecho probablemente lo peor que podía hacer. En lugar de romper radicalmente con el ridículo, lo ha puesto en el vértice de su columna. El pecado no es de ahora. Lo cometió un desconocido Mas lleno de rabia cuando nombró como sucesor a un independentista de toda la vida para dirigir los destinos de un partido que, en manos de Pujol, jamás habría practicado imposibles. Seguirán votando a la antigua Convergencia los que hicieron del pujolismo una ideología de clases menestrales sin aspavientos —Puigdemont no deixa de ser el successor de Pujol, me dijeron el otro día— . Pero la derecha nacional catalana se debe de sentir tan perpleja como lo estoy yo en mi bando. Y votará al PACMA o al partido de los blancos, ese que no tiene papeletas dentro del sobre.

Un 155 de terciopelo

Porque Puigdemont no soporta un análisis serio y todos los nacionalistas de orden lo saben. No puede hablar mal de Europa, en Europa y para los europeos, cuando quienes hablan mal de Europa son euroescépticos cuyo único objetivo es desestabilizar y destruir. Eso asusta a quienes saben qué representa Europa y confirma la huida imparable de las empresas. El independentismo de Puigdemont puede ser posible o imposible —ya se ha visto esto último— pero lo que no puede ser es suicida. Eso puede ser más comprensible para el histerismo de lágrima fácil de ERC, incluso para el dogmatismo recalcitrante de la CUP, pero no para un partido que siempre ha representado a los pragmáticos, a los pactistas, a los negociadores, a los astutos, a la gente de orden.

Nadie podía sospechar que la aplicación del 155 fuera una cosa tan normalizadora. Si los que lo aplicaron lo llegan a saber, lo hacen mucho antes. Yo creo que no hubiera sido lo mismo porque el fantasma apareció cuando la noche ya era más bien cerrada y había mucha bruma, pero jamás se pudo imaginar un fantasma más bonachón. Ha contribuido mucho la huida y el acojone, si se me permite. La ausencia de resistentes y la pensión en Estremera. Fuera de los encarcelados ha habido llanto y crujir de dientes y, desde luego, todas las excusas posibles y las imposibles: los muertos, los presos políticos, los golpes de Estado, la resurrección del franquismo, etc, etc. Y ahora Sixena.

Todo vale para recordarnos lo intervenidos que estamos y lo mucho que los catalanes estamos perdiendo con esta provisionalidad. Y pese al marco en el que nos encontramos, ha habido coas muy significativas como el envío de todas las acusaciones de la Audiencia Nacional al Supremo, las cartas pidiendo clemencia por lo bajini, y asegurando que lo que fue, ya nunca volverá a ser. Y todo para que la campaña electoral se normalice, sin prisiones provisionales y sin plasmas en los mítines, con los candidatos en la calle, que ya se ha visto que fuera de lo que ocurrió en el Parlament a partir del 6 de septiembre y hasta el 27 de octubre, que fueron 52 días para el olvido, este país sigue siendo un espacio de realidad, no ficticio.

Miedo a la bestia

Desde luego nos jugamos mucho. Por eso todo el mundo irá a votar y todo se dirimirá por márgenes difíciles porque es cierto que los sentimientos son imposibles de diluir y cuando se enconan, imposibles incluso de sortear. El independentismo, uno de cuyos rasgos más sorprendentes para mi es su ausencia de espíritu crítico, por lo menos en cuanto a las declaraciones y a las actitudes —veremos lo que ocurre en las urnas— quizás ha perdido fuelle pero no parece haber perdido adictos. La Catalunya real parece claramente posicionada. Veremos a ver, si todo el mundo se pronuncia, la realidad de esa escisión por la mitad y cómo se resuelve con el tiempo, porque no será fácil que los próximos Parlaments vuelvan a la clásica ubicación ideológica y se olviden de los frentes nacionales. Pero está claro que eso durará más o menos en virtud de quien gane las elecciones y de que gobierno se pueda llegar a articular.

Tanto el PSC como los Comunes van a tener que decir mucho en ese sentido porque soy de los que no confían nada en que ERC haga palpitar su corazón social por encima de su alma independentista. Si Iceta y los Comunes sumaran, aunque fuera en precario, las cosas se podrían enderezar algo. Incluso es posible que la CUP hiciera de tripas corazón para aprobar alguna ley de beneficio ciudadano. Todo será mucho más difícil con un gobierno independentista a secas porque, aunque yo no creo que se reproduzcan los aspavientos del pasado, va a ser muy difícil concitar adhesiones entre frentes tan opuestos, con excepción quizás de los Comunes.
Ese quizás es el que lleva al PACMA. El amor a los animales como oposición al terror a la bestia, dicho sea con un edulcorante sentido metafórico.

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