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El tongo que se convirtió en reto

30 de enero

martes 30 de enero de 2018, 17:24h

A la luz de los acontecimientos recientes hay dos posibilidades lúcidas: o reír o llorar y yo voy a inclinarme por la primera, que desgasta bastante menos. Aunque lo cierto es que hay razones sobradas para la tristeza profunda, porque este país nuestro, tan sufrido y tan batallador, tendría que tener aliento suficiente para enfrentarse al ridículo de la política. O al ridículo de la no política porque lo cierto es que cada vez hay más decisiones jurídicas de esas que ya nadie entiende.

No es que la política se entienda mucho pero estamos llegando a un punto en el que nos abruman los jueces y los tribunales y cada vez es más difícil pensar hacia dónde nos dirigimos. Lo que al principio parecía una posición táctica, eso de pedir que Puigdemont repitiera como president, renunciando a venir a ocupar su despacho en la Generalitat, se ha convertido en un presupuesto innegociable. Han tenido la culpa dos eventualidades: la primera, que JxCat se comiera electoralmente a ERC y la segunda que todo el independentismo haya hecho la misma lectura, a mi juicio absolutamente errónea: que lo ocurrido a finales de octubre con la aplicación del 155 era una afrenta y una indignidad y no una nueva oportunidad para poner el contador a cero y empezar a hacer política en serio.

Cuando nos decían que la aplicación del 155 era un golpe de Estado y las elecciones del 21-D una oportunidad para restituir la legalidad y el gobierno arrebatados por el PP y todos los partidos que admiran la Constitución del 78, algunos pensábamos que no dejaba de ser un puro argumento retórico a juzgar por el modo como reaccionó el independentismo a la proclamación de la República y a todo lo que vino después, aceptación de la convocatoria de elecciones, incluida. Defender el mantenimiento del status quo tras la proclamación de la República Catalana cuando no sólo no se hizo nada para desarrollarla sino que se actuó como si nadie se lo creyera, algunos marchándose al extranjero y todos aceptando participar en unas elecciones autonómicas cuando lo que se había planteado tras la proclamación del nuevo Estado era un proceso constituyente, sonaba necesariamente a tongo. Un tongo que se resolvería rápidamente cuando la parte más sensata del procés descubriera que la única manera de avanzar y hacer avanzar el país era hacer tábula rasa de lo acontecido entre septiembre y octubre, elegir un candidato posible y perdurable y rehacer la estrategia.

Resulta que en lugar de resolverse el tongo, algunos a los que se suponía con capacidad para madurar las circunstancias, hicieron mutis por el foro y se marcharon a casa. Por ejemplo, Artur Mas y algunos dirigentes de su partido. Por ejemplo, Santi Vila y algunos otros. Y el tongo se convirtió en un reto: o Puigdemont president o Puigdemont president, sin plan B para nadie.

Y así hemos andado desde el 21 de diciembre hasta hoy, más de un mes después, sin que Puigdemont pueda ser president efectivo y sin que nadie de los que se resisten quiera aceptar que Puigdemont no puede ser president efectivo.

Y lo cierto es que no lo puede ser porque contra esa opción, aparte del sentido común, que en el caso catalán tiene poco recorrido, está toda la oposición catalana, todas las fuerzas políticas del Estado, incluido, claro, el gobierno, y toda la judicatura. Y todo ese aparataje es demasiado contra los dos millones de votos de muchos catalanes secesionistas y tres partidos que los representan sin el nervio interior necesario para modificar la realidad. Es decir, para hacer política.

Muchas cabezas

Así las cosas, el Tribunal Constitucional, en la cúspide del desprestigio institucional se pronuncia sobre algo que nadie le ha requerido para salvarle el pellejo a un gobierno que no se reprime a la hora de comprometerlo más de lo que debiera, después de un informe contrario de un organismo hecho más o menos a su medida (el Consejo de Estado) y que sin embargo le dio calabazas a su propuesta inicial, absolutamente descabellada: impedir, por la cara, que Puigdemont, un diputado electo con todas sus prerrogativas parlamentarias intactas, fuera seleccionado por los partidos vencedores en las elecciones, para presidir el país. Y, en lugar de decir el TC que Puigdemont no puede ser candidato como quería el gobierno, lo que dice es que puede ser candidato si está presente en el hemiciclo. O sea, deja en su libre albedrío, la posibilidad de ser investido.

Claro, a las tres de la tarde del día fijado, hora inicialmente acordada para la comparecencia del candidato, ni estaba ni se le esperaba y el president del Parlament decide, con el criterio de quien tiene bastante más que perder que todos los que hacen declaraciones o se manifiestan, que hay que aplazar sine die el debate de investidura hasta que existan las garantías para una investidura sin tropiezos. O sea nunca. Nunca, con ese candidato. Mañana, si se quiere, con otro.

Pero no se quiere. Y no se quiere porque el tongo se ha convertido en reto. En un reto que a estas alturas ya tiene tantas cabezas que amenaza con comerse la unidad del independentismo.

Una cabeza, que embiste contra el gobierno, como un toro bravo enfurecido y ciego de rabia: muerte al 155 y restitución del gobierno arrebatado.

Otra cabeza, que embiste contra ERC, indignada y dolida: no hay plan B y si esto exige más sacrificios, pues adelante, porque han tenido que dejar el acta tres exconsellers elegidos diputados, otros dos diputados se tendrán que pasar en el extranjero más tiempo del que pensaban y otros cuatro políticos empiezan a estar hartos de tanto encierro sin perspectivas. Si tiene que caer un president del Parlament, ya no viene de uno, parecen afirmar los indignados por la decisión de Torrent. Excepto Torrent, claro.

Y la última cabeza, anda desorientada, queriendo sin querer demasiado a la CUP, no sea que lo que ahora ya es la pieza clave del desarrollo final del independentismo, que son los 4 votos de esta formación, peligre por un pragmatismo final que aparece en el horizonte como bastante irremediable.

El clamor

Desde luego, a estas alturas de la jornada, ya parece que el cabreo es monumental. Ha trascendido —nadie se atreve a certificarlo taxativamente— que Torrent anduvo intentando hablar con Puigdemont por teléfono sin conseguirlo y que no lo consiguiera no fue un azar del destino ni de la tecnología, sino de la frustración del candidato. El discurso previo de Torrent a la convocatoria de la mesa, fue mucho más virulento y mucho más beligerante en la forma de lo conveniente y aconsejable. Quienes lo tenían cerca, sin embargo, advirtieron que la concesión del discurso en la forma no podía impedir la aceptación de la realidad en el fondo. Y que esa realidad —ya veremos si se impondrá o todo lo contrario— aparece en el horizonte como incontrovertible: habrá que buscar otro candidato e intentar no olvidarse de que Puigdemont se va a eternizar en Bruselas, como un diputado exento, cada vez más alejado del pulso del país.

De todos modos, como afirmaba al principio, hay muchos más motivos para la resignación y la tristeza que para el entusiasmo y la alegría. Desde septiembre, en Catalunya pero no solo, vamos de acierto en acierto hasta el fracaso final y con estos mismos protagonistas, el deja vu está garantizado. Por otro lado, es imprescindible que caiga el gobierno para que algo se mueva, porque todo depende de él y de su funesta inanidad política. Mientras se mantenga Rajoy no solo el ejecutivo, el aparato judicial está en almoneda y el Parlamento en la indigencia política. El Constitucional y los jueces cada vez son más in-creibles y la tarea de las reformas democráticas pendientes en el legislativo, cada vez más ausente de las proposiciones del PP.

El PP y el gobierno que lo sustenta es una fábrica incansable de independentismo, un aparato corroído por la corrupción y un ineficaz instrumento de gestión. Su descrédito es ya absoluto y solo falta que los últimos votantes se decidan de una vez por Ciudadanos, que está llamado a substituirlo a corto. Empieza a ser un clamor la necesidad de que se vayan…

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