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20 de octubre 2019. El fuego purificador
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20 de octubre 2019. El fuego purificador

lunes 21 de octubre de 2019, 09:22h

Cuando las “forces d’ocupació” son los Mossos d’Esquadra y el cabreo independentista se desborda hacia el vandalismo indiscriminado, es que se ha perdido el discurso y solo aflora la ira. En esas estamos.

Los que, como yo, se han pasado estos días pegados al televisor hasta la madrugada viendo arder contenedores en muchas esquinas sin más objetivo que sembrar el caos y poner en evidencia a la policía en las calles de Barcelona, empezamos a pensar que se usa la frustración para justificar la gratuidad de los desmanes, el puro vandalismo de quienes consideran, como pasa a menudo, que lo que es de todos no es de nadie y que destrozar el mobiliario urbano y los bienes privados en la calle, legitiman la lucha ideológica contra un sistema que permite las desigualdades o que obstaculiza derechos. Pues habrá que ir diciendo que este no es el camino. Que quemar contenedores por el simple placer de las llamas, no es luchar contra la injusticia sino contribuir a lo más deleznable del sistema: la utilización de la fuerza bruta y la irresponsabilidad, frente a los métodos pacíficos de la presión popular y la desobediencia civil.

Destruir por destruir, aunque sea destruir para mostrar ira y poder popular frente a la fuerza legal de la represión autorizada, frente a la policía, debería repudiarse como un instrumento útil para la revuelta. Porque destruir es muchísimo más fácil que construir y porque para destruir sirve cualquiera, pero para construir solo quienes disponen de criterio, voluntad, constancia e inteligencia. Destruir por destruir es puro vandalismo. Exactamente lo que hemos podido ver, algunos desde la televisión, estos días en las calles de Barcelona.

Es justamente ahora cuando mejor conviene diferenciar entre violencia política y gamberrismo teñido de revuelta. La violencia política es el recurso contra la legalidad cuando es imposible la reforma de la legalidad por otra vías. En democracia, la reforma de la legalidad siempre es posible por definición, aunque en ocasiones no resulte fácil. Si se quiere ir muy deprisa para cambiar la ley hay que esperar un momento propicio de liquidación del sistema. Mientras ese momento no llega, la única posibilidad no es a través de la violencia política sino a través de la acción política, la negociación, la hegemonía, siempre más lentas y producto del convencimiento de amplias mayorías. No hay más caminos, como nos señala la historia. Por eso, lo que ha habido estos días en las calles de Barcelona no ha sido violencia política, que requiere una estrategia elaborada y una convicción ideológica. Ha sido, pura y llanamente, vandalismo de tres al cuarto, el que resulta más fácil de derrotar.

No condenar el vandalismo resulta inconcebible para cualquiera, a no ser que el objetivo sea crear un estado de caos que, en realidad, casi nunca se consigue. Si no condenar el vandalismo resulta insostenible para cualquier colectivo en una sociedad democrática, imaginémonos cómo ha de resultar incomprensible que no se condene desde las instituciones. Pues eso es lo que está ocurriendo. Que no se condena explícitamente el vandalismo y que se justifica, aludiendo a la ira y a la frustración, o lo que es todavía peor, aduciendo que se trata de una respuesta comprensible contra la represión policial, cuando lo auténticamente incomprensible sería permitir que los vándalos actúen a su aire.

Este es el punto de no retorno del independentismo oficial: la justificación, no de los violentos, que requerirían una conciencia estratégica, sino de los vándalos que tienen suficiente con sembrar el caos. Las llamadas a comprender la quema de contenedores como respuesta a la represión policial resultan imposibles: ¿qué debería hacer la policía: dejar que arda toda la ciudad sin perseguir a los incendiarios? ¿Dejar que se ocupe la Delegación del Gobierno, el Parlament, el Tribunal Superior de Justicia? ¿Dejar que los manifestantes destruyan la Jefatura Superior de Policía? ¿Permitiría la tan reclamada república que un grupo de descontentos hiciera algo semejante?

Es evidente que el desconcierto en el campo independentista está siendo trágico. Que señalen a Rufian como “botifler”, el mismo que puso histérico con su genial estupidez de las 155 monedas de plata al president Puigdemont un poco antes de la DUI de octubre del 2017 que preludió la cárcel de los dirigentes presos, pone de manifiesto el grado de licuación del procesismo. Que una concentración de independentistas considere a los Mossos d’Esquadra fuerzas de ocupación, que los periodistas de medios españoles sean todos manipuladores de prensa, que Quim Torra se arranque con una propuesta imposible de nuevo referéndum a las bravas, que Tardà pida unilateralmente elecciones anticipadas, que el director general de los Mossos se cuadre frente al president y ante su propuesta de dimisión le pida que se atreva a cesarlo, son todos ellos síntomas de estupefacción, no solo de fracaso. Son evidentes pálpitos de derrota, que es lo que le suele pasar históricamente al catalanismo radical que jamás ha sido capaz de replegarse y entender a tiempo su fragilidad: termina siendo diezmado, derrotado, hundido y sin aliento. A la espera de nuevas ocasiones de refundación, siempre previsibles fuera de las épocas de dictadura, porque la democracia tiene muchos defectos pero entre ellos no está la destrucción radical del que piensa diferente: permite, en general, nuevas oportunidades históricas.

El fuego de estos días quizás acabe siendo el fuego purificador pero en sentido contrario al que pretendían los pirómanos: puede que estemos viendo, sin tener mucha consciencia de ello, las cenizas de un sueño imposible.

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