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Montilla o el discreto encanto de las puertas giratorias

Por Gonçal Évole

lunes 22 de junio de 2020, 10:17h
En mi infancia, los avatares de la vida en busca de sustento, llevaron a mi familia a un pueblo del Baix Camp en el que se había instalado una explotación minera de cobre de la que mi padre era el jefe de personal, en el argot minero “el listero”. Todos los jueves debía acudir a Reus para hacer efectivo el cheque, enviado desde la central de la empresa, en el banco Hispano Americano situado en la plaza Prim con el que se pagaba la nómina. Por aquel entonces quien esto escribe, seguía un tratamiento médico de no sé qué y mi padre aprovechaba la circunstancia para llevarme con él.

Recuerdo que al banco citado se accedía por una puerta giratoria y mientras mi padre llevaba a cabo los trámites del cobro, yo me entretenía como un poseso dando vueltas a aquella puerta giratoria que, para un pueblerino, ejercía una auténtica fascinación, entrando y saliendo de la calle al vestíbulo, o al revés… y vuelta a empezar. Hoy ya ni siquiera existe ese banco, absorbido por una de tantas fusiones y desapareció con su puerta giratoria incluida. Las últimas puertas giratorias que he atravesado a lo largo de mi vida han sido la de La Vanguardia en su sede de la calle Pelayo a la que acudía a consultar su fabulosa hemeroteca y que tan bien definió Lluís Foix en su libro “Aquella porta giratòria” y, que yo sepa, aún queda una en la puerta principal del Hospital de Bellvitge que me trae recuerdos de mi ya lejana, inalcanzable, infancia.

Viene a cuento este largo preámbulo, porqué quién le iba a decir a un servidor que aquel entretenimiento infantil, en un futuro lejano se iba a convertir en una de las metáforas más controvertidas de estos tiempos que nos ha tocado vivir y a la que sacan un jugo provechoso políticos en paro que no tienen ya mejor cosa que hacer y, a la primera ocasión que se les presenta, aprovechan para atravesar estas imaginarias “puertas giratorias” atraídos por su encanto de noria de feria y de los beneficios que les pueden reportar.

El último mito que se me ha desmoronado, -¡quién podía imaginarlo!- ha sido nada menos que José Montilla, dado su historial y que ha aceptado entrar en el Consejo de Enagás. ¿Qué sabrán estos políticos de negocios gasísticos o de electricidad, y de los tejemanejes de los representantes del capitalismo más salvaje? Nada, absolutamente nada. A más de uno le hemos oído decir que van a estos “consejos” y se aburren solemnemente porque no entienden nada de lo que allí se habla. Son auténticos jarrones chinos. Eso sí, no olvidan de vigilar sus cuentas corrientes para comprobar el ingreso opaco que les cae cada mes.

Vayamos por nuestro personaje por el que he llegado a sentir auténtica admiración, no tengo por qué ocultarlo. Nacido en Iznájar (Córdoba) llegó a Catalunya en su adolescencia y, con el arrebato propio de la juventud, militó en las filas, nada menos que de “Bandera Roja”, una organización a la izquierda del Partido Comunista -me cuentan, que dada su radicalidad, les llamaban “los istas”-. Más pronto que tarde dejó su militancia y se enroló en el Partit dels Socialistes de Catalunya donde inició una carrera política fulgurante llegando a ocupar la Regidoría de Hacienda del Ayuntamiento de Sant Joan Despí donde tenía fijada su residencia. Empecé a tener noticias vagas de él a finales de la década de los setenta del siglo pasado, cuando se había introducido en los vericuetos del partido en Cornellà que lo presentó como candidato a la alcaldía en las elecciones municipales de 1983. Siempre poco hablador, -la oratoria no es su cualidad más brillante-, discreto, trabajador incansable, buen gestor, fue labrándose un porvenir provechoso dentro del partido hasta alcanzar su meta en aquel caótico pleno de abril de 1983 en el que su impaciencia por llegar al cargo le llevó aceptar un pacto que dejó a toda la ciudadanía con la boca abierta, incapaces de cerrarla. Nada menos que repartirse la alcaldía: dos años para su antecesor -Frederic Prieto- y otros dos para el aspirante. ¡Ahí queda eso! Este hecho insólito y sin precedentes, situó a Cornellà como un referente en los aconteceres políticos venideros.

De acuerdo con el pacto suscrito, en 1985 tomó posesión de la alcaldía en la que se mantuvo durante 19 años alcanzando mayorías absolutas, elección tras elección, y con su reconocida discreción fue tejiendo una red de influencias y clientelismo que le permitió ir acumulando cargos. De 2003 a 2004 fue nombrado Presidente de la Diputación de Barcelona, cargo que abandonó para entrar a formar parte del gobierno de Rodríguez Zapatero como Ministro de Industria, para compensar el formulismo de las famosas “cuotas”. En el 2006 el PSC del que era Secretario General y que aseguran las malas lenguas dominaba con “puño de hierro y guante de seda”, lo promocionó para presidir la Generalitat de Catalunya a la que llegó con otra de sus rocambolescas maniobras, dando lugar al nacimiento del famoso “Tripartito”. Los cuatro años que ocupó la presidencia (2006 – 2010), fueron un calvario en el que sufrió lo que no está escrito, ya que los puristas guardianes de las esencias catalanas, siempre lo consideraron un intruso. “¡Un xarnego presidint la Generalitat, on s’ha vist! Bien claro lo dejó la señora de los “misales andorranos” cuando acudía de emisora en emisora de radio impartiendo lecciones de dignidad, ocultando sus propias miserias. Las crisis se sucedían una tras otra y, tal vez harto, dejó la amarga presidencia, aceptando ser nombrado senador, donde encontraría la serenidad necesaria en uno de los cargos más inútiles de su larga carrera política.

Hace pocos días, nos hemos enterado que ha aceptado el puesto de consejero en la empresa Enagás y al ciudadano de a pie se le han caído los palos del sombrajo, al preguntarse atónito qué necesidad tenía José Montilla de caer en la tentación de engrosar la nómina vergonzante de los que atraviesan las famosas “puertas giratorias”. ¿Es qué no tiene suficiente para vivir? Con su “paguita” de ex – presidente, sus “pellizcos” de ex – Secretario General del Partido, sus emolumentos como senador -si es que todavía lo es- y otros ingresos que ahora no se me alcanzan. Mal momento ha elegido nuestro hombre para que se conozca su paso por la puerta giratoria de Enagás. ¿Se le ha pasado por la imaginación el momento tan difícil que está viviendo mucha gente que lo admiró como alcalde y le dio el empujón con sus votos en el inicio de una carrera fulgurante? ¿Ignora el señor Montilla los equilibrios a los que debemos someternos los jubilados para llegar con nuestra menguada “paguita” a final de mes? En mi condición de ciudadano de a pie, atolondrado todavía por su decisión, me permito recordarle que estamos atravesando una cruel pandemia que, sin ningún género de dudas, va a dejar a mucha gente en un paro sin futuro y el pequeño comercio con un desgarro sin posible remedio. Supongo señor Montilla que le han llegado lamentos de los numerosos ciudadanos que esperan como agua de mayo la miseria de la llamada “Renta Mínima Vital”, que justo les supondrá para pagar el alquiler y que no les pongan en mitad de la calle. Y así podríamos seguir. ¡Qué lejos queda aquel joven soñador que se enroló en Bandera Roja para luchar contra estas injusticias!

Comentando con un veterano y amigo periodista su decisión de aceptar formar parte del Consejo de Enagás, su repuesta no pudo ser más demoledora: “Ha arruinado su biografía”.

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