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De campeona a guerrera: La impactante transformación de la leona Andrea Lasheras tras su diagnóstico
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De campeona a guerrera: La impactante transformación de la leona Andrea Lasheras tras su diagnóstico

Por Marina Sánchez Tabuenca
domingo 07 de diciembre de 2025, 18:00h
1-0-0. 1 victoria, 0 derrotas, 0 empates. Ese es el registro de peleas profesionales que quedará para siempre en el palmarés de Andrea Lasheras (El Prat, 1994). Número sempiterno. Ni una cifra más, aunque duela.

Los sacos de boxeo de un pequeño gimnasio de L’Hospitalet de Llobregat fueron los primeros testigos de la carrera pugilística de Andrea, que descubrió el deporte a los 16 años, después de probar kickboxing en su natal El Prat. No tenía dudas: no sólo quería boxear, quería competir como profesional. Pero, para eso, había que curtirse como amateur, y vaya si lo hizo: tricampeona de España. 59 peleas. Eran tan pocas las chicas que se dedicaban al boxeo en aquellos años que tenían que repetir rival continuamente para poder pelear. En 2019, empezó a formar parte de las filas de Gallego Prada, mítico gimnasio hospitalense, en lo que era la génesis de una promesa. Andrea brillaba, mas quería quitarse el casco y cambiarse lo guantes, que en categoría profesional son más pequeños, más ligeros, más dañinos.

Tuvo que esperar un par de años, por una pandemia que paró el curso natural del mundo, para poder cumplir su propósito. 14 de noviembre de 2021. Fue el debut profesional soñado: cuatro asaltos sobre un ring colocado en el centro de la sala Razzmatazz, en Barcelona, que terminaron con la victoria de la pratense por puntos. Aquella noche no durmió. Estaba desbordada por la emoción, por haber vivido lo que llevaba años soñando: no podía dejar de llorar.

El combate que abrió la veda

Aquel combate abrió la veda y Andrea quería volver a sentir aquello; el segundo combate de su estrenada carrera tenía fecha y hora. El día de volver a pisar el cuadrilátero se acercaba y, con ello, los entrenamientos eternos, la perfección en forma de golpe y los últimos ajustes de peso: la dulce espera. Se acercaba, también, la revisión médica anual necesaria para la renovación de la licencia deportiva. Nada de lo que preocuparse, un formalismo que había pasado decenas de veces. Esta vez, sin embargo, le pilló con la guardia baja. El TAC mostró algo en la cabeza, “hacen falta más pruebas”, vueltas en la cama, dudas, miedo, rumiación, idas y venidas al hospital, “¿qué será?”. Finalmente, le pudo poner nombre y apellidos al fantasma: neurinoma del acústico izquierdo, un tumor benigno a la altura del cerebelo. El 27 de febrero del 2023 le dijeron que no podría recibir más golpes, o lo que es lo mismo, que no podría volver a competir. Tiene esa fecha grabada a fuego. Aquella noche tampoco durmió. Estaba desbordada por la tristeza, por ver cómo todo lo que había construido durante años en el gimnasio y en su mente desaparecía: no podía dejar de llorar.

¿Qué pasa cuando aquello que nos define, nuestra identidad, desaparece? Un profesor de filosofía nos preguntó en clase qué pasaría si nos arrancaran un brazo o una pierna, si seguiríamos siendo nosotros mismos o lo seríamos menos, todos entendimos que esas piezas, pese a ser parte de nosotros, no conformaban nuestro yo. Pero entonces, ¿qué es aquello irreductible, de lo que no podemos prescindir para ser? Andrea, hace un par de años, hubiese tenido clara la respuesta: el boxeo. Más interesante, aún, me parece la pregunta ¿qué pasa cuando aquello imprescindible para nuestra identidad desaparece? De esta pregunta, Andrea ya no tenía tan clara la respuesta. Pero la vida la forzó a contestar. Pocas respuestas son más difíciles que esta. “He llorado mucho, he lamentado mi vida, he odiado vivir”. Tenía la sensación de que ya había vivido todo lo que tenía que vivir, porque ya se lo habían quitado todo. Su todo.

Una operación delicada

La operación a la que tenía que someterse para quitar esa tumoración ya era delicada, pero las complicaciones postoperatorias hicieron que lo fuese todavía más: se pasó un mes en coma inducido y cuatro en la UCI, con varias reintervenciones que llevaron a tener que quitarle una parte del cerebelo, del cráneo y dejarle sin nervio auditivo. El pronóstico no era bueno: “no tendrá actividad neurológica, cognitivamente no progresa”, pero sí lo hizo, “se tendrá que mover en silla de ruedas”, y se levantó.

Lo que siempre ha caracterizado el boxeo de Andrea ha sido pelear a la corta distancia, pegar al cuerpo de la rival; era más eficaz entrando en el espacio de la contrincante. Cuando la vida no te da la altura, la envergadura, hay que buscar otros recursos para estar al nivel. Pero lo que la hacía especial a la hora de luchar era la constancia, “era muy pesada boxeando”, se aseguraba de llegar a la pelea con la mejor preparación física y desgastar a la rival, como una gota contra una piedra. Agotarla hasta que no tuviese más remedio que desfallecer. Y eso es lo que ha hecho con su recuperación: ser pesada. “El trabajo se paga con trabajo”. Fue precisamente el boxeo el que hizo que saliera a flote, porque es el que le enseñó a sufrir y seguir, a no conformarse, “si recibes un golpe tienes que seguir, no te puedes venir abajo. Y eso se traslada a la vida”.

Sin recuerdos de la UCI

De su estancia en la UCI no recuerda prácticamente nada, pero no durmió sola ni una sola noche. Todo el mundo estaba pendiente: sus hermanas trillizas, Ana y Alba, su hermana menor, Delia, su padre, Paco, y su madre, Ángela. ¡Ay, Ángela! Su gran referente, su faro y espejo, “cómo no me voy a levantar yo, si mi madre se levanta”. Cada día la acompañaban en sus sesiones de rehabilitación en la Guttman, en sus entrenamientos, en sus sueños. Se emociona al nombrar a las personas que la han salvado: “antes era muy dura y ahora soy muy sensible, lloro mucho” dice entre lágrimas, sin ser consciente de que todo eso no es incompatible. No le faltan palabras de agradecimiento a tíos, abuelos, Vanessa, Javi, Oihane, Sergio, médicos, rehabilitadores ...

Andrea tiene unos rizos tan rebeldes como ella y en su muslo derecho luce un león de grandes dimensiones. “Leona”, la llaman, por el pelo y por la garra. Hay elementos que permanecerán siempre en su piel, pase lo que pase. A la altura de su musculado tríceps derecho tiene tatuada la palabra inglesa brave (valiente) bajo unos guantes de boxeo, un adjetivo que, ahora, toma un sentido mucho más profundo y complejo: “Soy más valiente, más empática, mejor persona. Tengo más confianza para ayudar a los demás porque me he visto en dificultades yo misma”. La vida de Andrea ha cambiado, ahora todo es una celebración, los problemas son menos problemas. Está aprendiendo a tenerse compasión, a caminar de nuevo, aunque no sea en línea recta.

Un año sin psicóloga

Hace un año que va a la psicóloga, para entender y entenderse, una herramienta que nunca antes había necesitado: “mi psicólogo era subirme al ring y hacer siete asaltos”, eso ya no lo puede hacer. Pero hay otras muchas cosas que sí hace: crossfit con su hermana, carreras, incluso le pega al saco.

Todavía siente un pinchazo en el corazón cuando va a ver a sus colegas a las veladas porque, aunque feliz por verlos competir, le duele no poder ser ella la que está sobre el ring. Admite que aún le cuesta entender que la vida son muchas otras cosas.
¿Vincularse al boxeo de otra forma? No piensa en el futuro, ni en el pasado: “estoy tan centrada en vivir...”.

Saber recibir los golpes

Pelear no está hecho para todo el mundo porque, además de saber dar golpes, hay que saber recibirlos. Y no digo que cualquiera pueda dominar el gancho, el cruzado, el jab o el uppercut, pero hay algo casi místico en el arte de saber encajar. Hay una fuerza que hace que después de recibir el impacto, el púgil vuelva en sí y piense en avanzar, en atacar. Resiliencia inminente y hambre valiente. Todo eso es Andrea, porque Andrea es boxeo con o sin guantes.
Besar la lona. Levantarse. Mirar a los ojos al rival, a la vida: ¿eso es todo? III

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