Lo que debía ser una rutinaria entrega de muebles ha acabado convirtiéndose en un inesperado viaje con destino a prisión. Un transportista de 28 años llegó el pasado 7 de mayo a la Comandancia de la Guardia Civil de Santa Andreu de la Barca al volante de un camión cargado de mobiliario. Su misión era sencilla: descargar unos muebles en los pabellones residenciales del acuartelamiento. Pero el destino le tenía preparada otro tipo de mudanza del todo inesperada.
A primera hora de la mañana, el vehículo se presentó en la entrada principal de la comandancia. Nada hacía sospechar que aquel reparto escondiera bajo la lona una historia digna de novela policiaca con toques de humor negro. El conductor iba acompañado por otros dos trabajadores de la misma empresa. Los tres esperaban completar la entrega y continuar su jornada laboral como cualquier otro día. Pura rutina.
Comprobaciones rutinarias
Sin embargo, en una instalación de la Guardia Civil nadie entra sin identificarse. Es una norma tan elemental como inevitable. Así que los agentes de la Sección de Protección y Seguridad (SEPROSE), encargados del control de accesos, solicitaron la documentación de los tres operarios y comenzaron las comprobaciones rutinarias. Nada nuevo bajo el sol. Pero ahí es cuando la historia da un giro sorprendente y la pantalla del sistema policial se concuvierte en un pérfido guionista con un sarcástico argumento.
Mientras el transportista de 28 años y sus compañeros esperaban pacientemente el visto bueno de los guardias para descargar los muebles, el nombre de uno de ellos apareció en el sistema acompañado de una información explosiva: tenía pendiente una orden judicial de búsqueda, detención e ingreso en prisión que seguía plenamente vigente. El hombre había llegado a Sant Andreu despreocupado, al volante de un camión de mudanzas. Pero lo recordara o no llevaba tiempo pendiente de una cita mucho más importante que cualquier entrega de mobiliario: las rejas de una cárcel.
Requisitoria de un tribunal de Pamplona
Los agentes del SEPROSE verificaron la información y avisaron a sus compañeros especialistas de la Unidad Orgánica de Policía Judicial. La consulta en los sistemas judiciales confirmó que la requisitoria, emitida por la Sección Penal del Tribunal de Instancia de Pamplona por un quebrantamiento de condena, continuaba activa. Había que detener al transportista ipso facto.
La escena debió de resultar tan inesperada como irónica. Mientras los otros dos trabajadores descargaban los muebles destinados a las viviendas de guardias civiles, el tercer hombre de la expedición, el de 28 años, quedaba relegado de sus tareas de carga y descarga para protagonizar su propio traslado,
Traslado a un centro penitenciario
La entrega quedó interrumpida y el transportista fue detenido en el mismo acuartelamiento al que había acudido por motivos laborales. Del asiento del camión pasó al asiento de un vehículo policial en cuestión de minutos. Posteriormente fue puesto a disposición del Juzgado de Guardia de Martorell. Allí se produjo el último capítulo de esta peculiar historia logística. El juez ratificó la orden pendiente y decretó el ingreso inmediato del transportista en un centro penitenciario de Barcelona. Así terminó un servicio de transporte como cualquier otro que había comenzado con muebles pero acabó con barrotes. Un viaje singular en el que el conductor llegó para amueblar viviendas pero terminó encontrando alojamiento para sí mismo pero a la sombra. Algo que no figuraba precisamente en la hoja de ruta.