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La canción del verano que siempre suena

La canción del verano que siempre suena

sábado 04 de julio de 2026, 17:58h

Hubo un tiempo en el que el verano empezaba oficialmente cuando una canción se instalaba machaconamente en nuestras vidas. No hacía falta calendario para saber que ya teníamos un pie metido en julio: bastaban unos acordes escuchados en la radio del coche, en un chiringuito de playa o en la televisión para adivinar que las vacaciones estaban a la vuelta de la esquina o en pleno apogeo.

La llamada “canción del verano” fue un fenómeno cultural que hoy prácticamente ha desaparecido. Durante décadas, una melodía podía convertirse en un nexo. Era imposible escapar de ella: sonaba en todas partes, acompañaba desplazamientos familiares, fiestas populares, noches de terraza y los primeros amores adolescentes. No era solo un éxito musical, era una referencia generacional.

En tiempos de reggaeton y de La Casita de Bad Bunny, resulta difícil imaginar una canción que ahora sea capaz de ejercer ese papel colectivo de fijación de emociones y recuerdos. Quienes crecieron en los años 70, 80 o 90 asocian determinadas melodías a viajes familiares, vacaciones en el pueblo, tardes interminables en la calle, verbenas o primeros descubrimientos personales. Canciones como Moonlight Shadow, de Mike Oldfield; Colegiala de Gary Low, Life is Live, de Opus; o el repertorio de Camilo Sesto forman parte de esa memoria colectiva. Incontables viajes de verano hacia la España profunda, la costa o la segunda residencia, con coches cargados de equipaje y familias enteras en carretera, tuvieron esa particular banda sonora.

La desaparición del summer hit como fenómeno masivo no significa que hayamos perdido la capacidad de crear recuerdos, sino que han cambiado los espacios donde se construyen. Antes la experiencia era más compartida, ahora es más individual. Antes un estribillo pegadizo unía a una generación, hoy cada persona crea su propio archivo emocional en una lista de reproducción de Spotify.

El verano, sin embargo, mantiene intacta una peculiaridad: sigue siendo un tiempo diferente al resto del año. Un periodo de pausa y de divertimento, pero también de reflexión y de descubrimiento.

La psicóloga general sanitaria Irene Cabrera, vecina de Sant Andreu de la Barca, reivindica precisamente esa idea en el reportaje que abre esta edición de El Llobregat. Frente a la presión actual por aprovechar cada minuto y convertir incluso las vacaciones en una lista de objetivos pendientes, recuerda que el verano no debe medirse en términos de productividad. Lo define como “una ventana a lo nuevo” y apuesta por recuperar los pequeños placeres cotidianos y la calle como espacio de encuentro.

Es una reflexión especialmente relevante en una época en la que niños y adolescentes parecen tener sus vacaciones cada vez más planificadas. El verano no siempre necesita cursos, actividades o experiencias extraordinarias. A veces solo precisa de tiempo libre, amigos y la posibilidad de construir recuerdos propios no forzados.

Sin ignorar los riesgos. Los especialistas en prevención de adicciones recuerdan que los meses estivales también pueden ser un periodo de mayor exposición para algunos jóvenes. La ausencia de horarios, las fiestas y la presión social pueden favorecer los primeros consumos experimentales de alcohol o cannabis. Adrián Gallardo, director terapéutico de Esvidas, advierte -también es estas páginas- de que el problema no está únicamente en el consumo puntual, sino en la normalización de determinadas conductas inicialmente estivales.

El verano también es una oportunidad para mirar nuestro propio territorio con otros ojos más centrados en su potencial turístico. Las playas de Castelldefels, Gavà y Viladecans, el patrimonio natural del Delta del Llobregat, los espacios culturales, la gastronomía, el turismo deportivo y las propuestas vinculadas al patrimonio industrial configuran a día de hoy una oferta diversa y exitosa. Los datos lo confirman: el Baix recibió en 2025 más de un millón de turistas y superó los dos millones y medio de pernoctaciones. Ahora el reto pasa por consolidar un modelo sostenible que combine crecimiento y calidad de vida, visitantes y vecinos, promoción exterior y orgullo local.

Tal vez, el mensaje oculto que dejaron las viejas canciones del verano sea que las melodías desaparecen de las listas de éxitos pero permanecen en la memoria porque están vinculadas a lugares, personas y momentos concretos.
Cada generación tendrá sus propias canciones o sus propios Tik Toks y sus propios veranos. Lo importante es seguir disponiendo de espacios y momentos en los que puedan suceder esas experiencias: calles llenas de vida (algo en lo que se esfuerzan todos los Ayuntamientos locales), playas accesibles, plazas donde encontrarse, fiestas populares donde compartir orquesta y bailoteo; y un territorio capaz de ofrecer algo más que un destino turístico. Porque, aunque ya no exista un temazo que anuncie la llegada del estío, seguimos necesitando lo que representaba: un momento compartido que nos recuerde quiénes somos y de dónde venimos... Y, sobre todo, que ya están aquí las vacaciones. ¡Feliz verano a todos! III

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