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La derrota del pensamiento

lunes 09 de octubre de 2017, 10:23h
Permítanme que empiece este artículo declarando, en primer lugar, mi hastío absoluto ante la machacona omnipresencia del, al parecer, único problema que asola la faz de la Tierra en la actualidad, es decir, la cuestión sobre el futuro político de nuestra amada Cataluña.

A este respecto, el otro día leí un tuit con el que no pude dejar de identificarme. Un azorado ciudadano pedía un poco de tregua afirmando que él, más allá de este problema, tenía una vida y que de vez en cuando le apetecía hablar de fútbol, de las series de televisión o simplemente del tiempo. Pienso como él, y ciertamente me había prometido a mí mismo escribir un artículo centrado en el Baix Llobregat que obviara nuestra penosa coyuntura política. Pero, ¿cómo hacerlo? La actualidad es demasiado fuerte, y las consecuencias de esta crisis afectan en demasía a nuestra comarca. Por lo que, contradiciendo mi primera intención, voy a abordar la cuestión, pero para ello me alejaré mucho, nada menos que unos dos mil quinientos años, pues en ocasiones, a fin de obtener auténtica claridad, lo mejor es tomar perspectiva. Así que voy a hablarles del viejo y sabio Sócrates.

Bien, situémonos en la Atenas del 406 a. de C., donde llegan los generales que acaban de derrotar a la escuadra espartana en la batalla de Arginiusas. Sorprendentemente, no se les recibe con honores, sino que directamente se les detiene y se les acusa de no haber rescatado a los náufragos tras el combate. Acusación muy grave, pues el castigo por un acto de este tipo era nada menos que la muerte. Hoy día sabemos que todo aquello fue un montaje para debilitar a una de las facciones políticas de Atenas, pero en cualquier caso, rápidamente se organizó el juicio. A lo largo del mismo, los acusadores recurrieron a la palanca fundamental con la que el populismo activa a la masa: el sentimentalismo irracional. Frente a los argumentos racionales de la defensa, los fiscales contraargumentaron trayendo a presuntos familiares de los soldados muertos, quienes se presentaron de luto, rapados y entre grandes lamentos y lloros. Además se contravino la ley, pues ésta indicaba que debía votarse individualmente la condena de cada uno de los incriminados, pero los acusadores exigieron que se votase en bloque. Los diez pritanos, jueces para entendernos, al principio afirmaron que no permitirían ningún procedimiento ilegal, pero ¡ay!, quienes estaban dispuestos a acabar injustamente con aquellos generales buscaron el apoyo de la masa, que comenzó a gritar amenazadoramente que “era intolerable que se impidiese al pueblo hacer lo que quería”. Es decir, la muchedumbre reclamaba su superioridad frente a la ley.

Llegados a este punto, y presionados por las intimidaciones, todos los jueces cedieron. Todos menos uno, ya imaginarán quien: Sócrates por supuesto. Sólo el viejo filósofo permaneció firme frente a los gritos y las amenazas para declarar con la dignidad de los grandes hombres que él nunca haría nada que no estuviera en absoluta conformidad con la ley imperante, le gustara o no. Aquel día Sócrates dio una nueva lección de ética política, pero paradójicamente, al mismo tiempo, empezó a firmar su sentencia de muerte.

No puedo acabar sin declarar mi total decepción ante el tiempo político que vivimos. Como modesto filósofo, quisiera encontrar en la discusión política racionalidad, razón y razonamiento. Sin embargo sólo encuentro ideología simplista, eslóganes huecos y simplificaciones absurdas. Un debate más propio de adolescentes que de adultos. Utilizando el título de un famoso ensayo del pensador francés Alain Finkielkraut, estamos ante la derrota del pensamiento. La Ilustración afirmó que el individuo alcanza el estatuto de ciudadano cuando supera el desorden de los apetitos y la mezquindad del propio interés.

Para nuestra desgracia, la noble lógica del ciudadano ha sido reemplazada por la lógica del consumo, por la necesidad irrefrenable de satisfacer en el acto todos nuestros deseos, sin importarnos a dónde nos conduce eso y cuáles son sus consecuencias. Así nos va… III

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