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Vivir con dignidad y acompañado

viernes 02 de octubre de 2020, 09:00h
Dentro del contexto social que monopoliza la actualidad informativa, la pandemia, he encontrado dos noticias que, sorprendentemente, no han sido tratadas mediáticamente con la misma proporcionalidad.

La primera noticia se trataba sobre el deseo expresado por un enfermo terminal, Alain Cocq, de retransmitir su muerte en directo. Dejaría de comer y de tomar la medicación establecida. En Francia ha sido un tema muy recurrente en todos los medios de comunicación, con la intención deliberada de crear un debate y de generar una urgente e inminente ley de la eutanasia. Esta información fue aprovechada por los movimientos civiles en favor de una muerte digna, pro-eutanasia para explotar este caso como expresión de la auténtica libertad personal (¿?)

La segunda noticia fue que unos días después, este señor cambió su decisión inicial y quiso vivir su enfermedad de otra forma. No desde la perspectiva de una muerte digna, sino desde la perspectiva de una vida digna hasta el final.

Sophie Medjeberg, erigida como su portavoz expresó: “Estamos con él, lo apoyaremos hasta el final. La lucha continúa, pero quizás de otra forma”. Y para continuar: “Ahora finalmente podrá beneficiarse de los cuidados paliativos y la hospitalización
en casa, algo que no había podido tener antes. Vamos a luchar para que tenga un final de vida digno y sin sufrimiento”.

Mientras la primera noticia fue de amplia difusión mediática, la segunda fue recogida de forma reducida y casi anónima. La equidistante proporcionalidad entre una y otra noticia, me permite la siguiente reflexión: ¿por qué amplios sectores de la información se decantan por acabar el sufrimiento con el suicidio asistido y menosprecian la defensa de la vida con los instrumentos que la medicina y la psicología, hoy ofrecen; desde las curas paliativas hasta el soporte psicoafectivo?

Mientras un posicionamiento es presentado como la exaltación de una sociedad libre y moderna; la otra es presentada como la involución, el menosprecio a los valores de la libertad individual. Dignificar la vida debería ser prioritario en cualquier debate ético, desde los pobres e indefensos, hasta los humillados y despojados de sus derechos más irrenunciables, desde los excluidos de la sociedad hasta los enfermos y ancianos más incómodos, sin importar la edad o el estado emocional.

“Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los más dignos de compasión de todos los hombres! (I Corintios 15, 19)”.

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