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La viñeta

Por Lluis M Estruch
Con el desarrollismo de los años 60 y la tecnocracia, se pretendió un impulso rápido a las autopistas, por el régimen de concesionarias.

La primera autopista peninsular, Barcelona-Mataró (68 km), se inauguró en 1969; 120 años antes la “Compañía del Camino de Hierro Barcelona-Mataró” había creado la primera línea de ferrocarril peninsular, ambas fueron iniciativas privadas en una Cataluña que lideraba económicamente la península. Una significativa repetición. Se buscaba con los consejos del Banco Mundial, un desarrollo y mejoría de una red viaria muy deficiente. Capital privado, inversión extranjera. Y las odiadas casetas de pago de peaje -el antiguo portazgo-, que se quedaron por decenios. Un buen negocio en pleno “baby-boom” y con la motorización acelerada de las nuevas clases medias. Por el retrovisor, quedaron los referentes caducos: la gratuidad y la accidentabilidad de las malas carreteras de “carros”. Porque durante años existieron en estas, fielatos o casetas de consumos, - los “burots” en catalán-, que en las entradas de las poblaciones, ejercían un control fiscal y sanitario sobre el tráfico de mercancías. Encarecían y entorpecían el tránsito, sin lugar a dudas, pero a cambio proporcionaban unos pingües ingresos municipales. Desaparecieron en 1963. En el tercer mundo, una barrera o troncos en el suelo, te obligan a parar y pagar un peaje a la entrada del pueblo a atravesar, sea en India, África o Sudamérica.

La noticia última de la supresión de peajes de autopistas, por el fin de concesiones, en 2021 supone un nuevo gasto estatal, que aún con los impuestos de circulación y carburante, repercutirá en el Presupuesto General al que contribuimos todos con coche o sin. Debe hallarse una solución intermedia, las autopistas en su mayor parte están amortizadas, aunque su preservación tiene un coste. Este es el tema.

Todos recordamos la reciente tragedia del puente de Génova en 2018 por falta de mantenimiento, de la privada “Autostrade”, de la familia Benetton; y antes en junio del 2000, el hundimiento con víctimas del puente Magarola de Esparraguera, del MOPU, por deficiencias y falta de mantenimiento. En los dos casos la falta de conservación, fue la causa primera del derrumbe de ambas infraestructuras: una de pago y la otra gratuita. El problema era el mismo y lo es ahora para asegurar el cuidado de los 15.048 km de autopistas y autovías que nos hacen el tercer país del mundo en carreteras, pero que nos provoca un déficit anual para mantenerlas en buen uso.

Decirlo es impopular, aún con las nuevas razones medioambientales y de tipo administrativo, favorables a la repercusión de una tasa de uso y de preservación.

Y es con nebulosas, que ya se ha presentado en Bruselas, un futuro impuesto por el uso de autovías y autopistas, por parte de Ábalos y que la nueva ministra gavanesa Sánchez ya nos desplegará en su día.

Muchos admiramos a Suiza, todo un ideal de vida y de buen hacer gubernamental; podría ser así, que la llamada “Vignette” o viñeta suiza, acabará siendo implantada entre nosotros con la bendición UE. Se trata de un impuesto anual (40 euros) que todo vehículo a motor debe pagar y exhibir cuando circula por sus carreteras u autopistas, ya seas suizo o extranjero. Suiza es un país de orografía complicada y clima riguroso y el buen estado vial, se asegura así, más allá de opiniones cantonales, la conveniencia confederal. Tendremos ahora sí, una libranza de pago temporal, sea en Martorell u otros puntos, donde les venza la concesión, pero el recambio ya esta preparado. Nadie discute la calidad de muchas autopistas, autovías y carreteras españolas; como tampoco que seamos el primer país de la UE en AVE y el 4º del mundo en red ferroviaria. Abundamos en aeropuertos y puertos deportivos. Pero todo ello tiene un gran coste, y el recordarlo no gusta; hasta el punto que el hoy popular alcalde de Vigo, Abel Caballero, fue un breve ministro de Transportes por dificultar el desarrollo del AVE que consideraba costoso e innecesario. Montilla fue ministro solo dos años y Ábalos, un brevísimo ministro de año y medio, ahora nos llega Raquel Sánchez con ganas, veremos con ella, como nos resolverá: los peajes ocultos, la viñeta-pegatina u obras eternas como la B-2002. Dudo de la gratuidad continuada y de la ausencia de peajes a la circulación automotor. Máxime con la merma de ingresos del impuesto de carburantes, por el uso creciente del coche eléctrico. Si miramos a Portugal, Francia, Italia e incluso Grecia, nuestros vecinos tienen peajes, forzados por sus desajustes presupuestarios. Deseo a la comarcana Raquel Sánchez que en los dos años previstos de mandato pueda resolver el tema. III

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