Actualmente, se identifican 56 conflictos armados activos en el mundo, según el Índice de Paz Global. Esta cifra representa el nivel más alto desde la Segunda Guerra Mundial, y muchos de estos conflictos tienen un componente internacional significativo, con 92 países involucrados en enfrentamientos fuera de sus fronteras.
Esta cifra es fría y, a la vez, escandalizante. Nos estamos acostumbrando peligrosamente a las estadísticas o los partes de guerra interesados según el país afectado. Estamos muy preocupados por progresar científicamente, médicamente, técnicamente, … La inteligencia artificial está avanzando sin excesivo control; la sociedad del bienestar de nuestro mundo europeo sólo tiene una preocupación: nuestro bienestar egocentrista.
¿Qué hacemos individual y colectivamente para contrarrestar esta cultura excluyente e insensible, aniquiladora y agresiva, egoísta e insolidaria, autodestructora e irresponsable? Sólo discursos ideológicos y reuniones estériles.
El ser humano, a lo largo de la historia, hemos reproducidos estos cánones belicistas en numerosas y sangrantes ocasiones. Desde miles a millones de víctimas han sufrido este afán aniquilador, sean por motivos territoriales o económicos, sean por intereses u odios incubados durante mucho tiempo o el propio instinto destructivo.
Me hago una reflexión a menudo: ¿puedo hacer algo como ciudadano? o por el contrario, me resigno a ser espectador de tales abominaciones. Lo fácil es crearnos una coraza que calme nuestras conciencias.
La paz no puede reducirse a un impulso de “buenismo” o a un deseo lacrimógeno. La paz se alcanza desde un cambio radical de nuestra conciencia y de nuestro corazón, es decir, contemplar al otro como una oportunidad y no como un problema; introducir la cultura del perdón y la reconciliación, el descubrimiento de que todos somos miembros de un mismo planeta y herederos de unos mismos recursos. En el cristianismo lo asumimos con la mirada de “hermanos”, con una misma dignidad, derechos y obligaciones. Jesucristo nos lo proclama en numerosas ocasiones:
“Porque una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro, y se llamará su nombre «Maravilla de Consejero», «Dios Fuerte», «Siempre Padre», «Príncipe de Paz».” (Isaías 9, 5) “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.” (Mateo 5, 9)
Por tanto, conocer a Jesucristo, su Evangelio, proponerlo y ponerlo en práctica es la mejor terapia para cambiar el corazón de todo ser humano, para convertir la muerte y el odio en vida y perdón. III