La Generalitat ha tomado decisiones necesarias, como el control poblacional mediante el sacrificio de ejemplares o el establecimiento de perímetros de seguridad para evitar la propagación de la peste porcina. Son medidas duras, pero inevitables en un contexto de emergencia. Sin embargo, si nos quedamos solo en la reacción, llegaremos tarde. La superpoblación de jabalíes no es fruto del azar, sino la consecuencia directa de nuestras propias dinámicas: el abandono de los campos, el crecimiento desordenado del bosque, la ausencia de depredadores naturales, el descenso de cazadores, el aumento de las temperaturas y, también, nuestros hábitos cotidianos.
Cuando un jabalí encuentra comida fácil en un contenedor abierto, en restos agrícolas o en comederos improvisados, aprende rápido. Y cuando aprende, vuelve. Por eso, cada vez más expertos insisten en la necesidad de una estrategia global de gestión que vaya al origen del problema: limitar el acceso a la comida y regular la convivencia entre espacios naturales y urbanos.
Esto exige coordinación entre administraciones, apoyo decidido a los criterios de la comunidad científica y, no menos importante, una ciudadanía informada y responsable. No alimentar fauna salvaje, gestionar correctamente los residuos o proteger los cultivos no son gestos menores; forman parte de la solución.
No hay recetas mágicas para problemas complejos, pero sí una certeza: la relación con nuestro entorno natural debe replantearse desde la corresponsabilidad. Porque lo que hoy vemos en forma de jabalíes en las calles es, en el fondo, el reflejo de cómo hemos gestionado el territorio durante décadas. Y ese debate nos interpela a todos. III