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La soledad involuntaria

La soledad involuntaria

Por Fernando Martín
En gran parte de los países más desarrollados económicamente la población es cada vez más longeva y un alto porcentaje de esas personas viven solas.
En nuestro país hay unos 4,7 millones de hogares con una sola persona, y en 2 millones de ellos viven mayores de 65 años en soledad involuntaria. La soledad no deseada es fuente de trastornos y enfermedades. Muchos expertos reclaman medidas por parte de las autoridades.
Nunca la humanidad había sido más longeva y sin embargo infeliz. Con la soledad protagonizando las últimas etapas de la vida, a pesar de ser seres sociales con una necesidad biológica de pertenencia, existe una soledad buscada, pero hoy se incrementa la soledad involuntaria, tan dañina como una plaga.
El desarraigo y desapego hacia los mayores ha sido denunciado en ocasiones, incluso por artistas. Se trata de una responsabilidad global de no saber gestionar los vínculos de comunidad. La ciencia define soledad como un padecimiento subjetivo. La soledad genera en el cerebro señales como el hambre. Los individuos con buenas relaciones sociales tienen un 50% más de supervivencia, independientemente de su edad y estado de salud.
La pandemia del covid ha agravado el problema, a la recesión económica le sigue la recesión social, un 45% de encuestados echa en falta la compañía, falta de abrazos e interacción con los demás. Con la pandemia el incremento del uso de las redes sociales, para sustituir el contacto físico, ha hecho a los investigadores plantear si es igual de válido el contacto visual que el físico para paliar la soledad. Parece que la tecnología es clave para hacer frente al aislamiento.
La soledad afecta al sistema inmune y al comportamiento, la persona que se siente sola se vuelve irritable y el resto se pone a la defensiva, con lo que la soledad se propaga. Urge la necesidad de abordar el problema, con un plan de choque para hacer frente a una pandemia emocional devastadora que se incrementa exponencialmente.
Se precisan redes de voluntariado y de apoyo vecinal de forma desinteresada, como se ha puesto de manifiesto con la pandemia del covid. Existe un cierto estigma social respecto a la soledad, y por eso muchas personas no se atreven a manifestar su problema, con lo que el mismo se agrava. Se requiere mayor sensibilidad política y social. Vivimos en una sociedad que se dedica a producir y competir, en lugar de a servir y a cuidar.
Ahora tenemos una pandemia, en parte de soledad, en parte de emoción y en parte de enfermedades mentales, ansiedad, depresión e incrementos de tasas de suicidios.
Urgen soluciones a través de las administraciones públicas, para convertir un modelo de cuidados de larga duración que no solo mejore la situación de las residencias, sino mejorar los cuidados para personas dependientes y personas mayores. Inversión pública y conciencia global de toda la sociedad para interiorizar la soledad como un reto. III
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