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¿Vale la pena Ir al Salón del Cómic de Barcelona? Un insider revela la realidad del evento internacional
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¿Vale la pena Ir al Salón del Cómic de Barcelona? Un insider revela la realidad del evento internacional

Por David Aliaga Muñoz
domingo 07 de junio de 2026, 13:00h

Desde hace ya algunos años, me sucede que con el anuncio de cada nueva edición de Cómic Barcelona me pregunto si no será la primera a la que decida no acudir a la cita. Una cita a la que no he fallado desde que con catorce años descubrí que se organizaba tan cerca de casa un encuentro entre lectores, historietistas, fanzineros, libreros, editores… que entonces era mucho más modesto y se celebraba en la Estación de Francia. Una parte de mis dudas tiene que ver con que cada vez tolero peor las multitudes y me cuesta más encontrarle sentido a intentar comprar u hojear en un estand abarrotado lo que más cómodamente podría comprar u hojear en una librería. Pero otra parte de esas reticencias —que siempre acaban vencidas, ya lo avanzo— están relacionadas con lo que hace algún tiempo percibo como un pequeño desajuste entre la realidad social del cómic, la oferta que el salón propone a los visitantes y mi forma de relacionarme con el noveno arte.


Durante mis primeras visitas, encontraba en el entonces Salón Internacional del Cómic de Barcelona una razón que justificaba gastar el dinero que iba guardando de lo que me daban mis padres o mis abuelos en pagar la entrada: era un espacio de acceso a materiales a los que difícilmente hubiese tenido acceso de otro modo. Iba porque sabía que encontraría grapas antiguas y prestigios descatalogados, ediciones estadounidenses que apenas llegaban a las librerías. Y otro tanto ocurría con el merchandising: antes de la generalización del comercio electrónico, conseguir determinadas figuras o una camiseta de tu superhéroe favorito dependía casi exclusivamente de acudir a este tipo de eventos. Ese argumento, claro, ya no se sostiene. La popularización del cómic en las últimas décadas y las nuevas formas de consumo han ampliado enormemente la oferta, y la red nos da acceso instantáneo a mucho más material del que podamos ya no solo pagar, sino consumir.

Como punto de compra, por tanto, el modelo de salón ha quedado hasta cierto punto obsoleto. Incluso cuando se vendan decenas de miles de euros en tebeos: ¿por qué añadir el sobrecoste de la entrada a lo que uno puede comprar en una librería? De hecho, varios editores contratan sus estands a sabiendas de que no cubrirán siquiera el coste del espacio con lo que despachen en esos cuatro días. Solamente el espacio de tamaño medio supone un coste de alrededor de 1.600 euros. Algunos de los profesionales con los que estuve hablando explican su presencia en el evento como una inversión en publicidad. Otros, ni eso. El responsable en España del sello italiano Leviathan Labs, Daniel Custer, me explicaba que “la subida de precios de los estands” había sido una de las razones por las que habían tomado la decisión de no repetir en esta ocasión. Ese esfuerzo económico extra, sumado a que consideran que “un salón siempre ayuda, pero no aporta nada decisivo” en términos de difusión de su trabajo, los ha dejado fuera.

Necesidad de otros argumentos

Rendida esa razón de ser como espacio de acceso comercial, de hallazgo, el salón necesita ofrecer otros argumentos que justifiquen la visita. Por ejemplo, reforzar su carácter como espacio de acceso cultural. Un evento de estas dimensiones tendría que aspirar a proponerle al visitante exposiciones capaces de contextualizar autores, reivindicar tradiciones, explicar influencias o descubrir aspectos poco conocidos de la historia del medio. Y mi impresión particular es que esa faceta no siempre se había cuidado lo suficiente en los últimos años. No tanto así en esta 44ª edición. La retrospectiva sobre Paco Roca se erigía esta vez como una poderosa razón para acercarse al pabellón 8 de la Fira de Barcelona.

El espacio repasaba la trayectoria de uno de los autores de cómic españoles más prestigiados de la actualidad, y, más curioso, permitía asomarse a materiales mucho más íntimos y reveladores, como aquellos dibujos infantiles en los que ya ensayaba con la narrativa gráfica inspirado por la primera película de Star Wars, que se estrenó cuando el autor de Arrugas o El invierno del dibujante tenía ocho años.

Espacio de encuentro, diálogo y pensamiento

Otro gran argumento que una iniciativa como el salón puede ofrecer a un visitante dudoso sería un espacio de encuentro, diálogo y pensamiento. Y por ahí sí considero que las mentes creativas que idean la programación de Cómic Barcelona han sabido articular un argumento sólido y sostenido en el tiempo. Escuchar una conversación entre el divulgador Oriol Estrada y la artista surcoreana Wooh Na-young, tener al editor jefe de Marvel C. B. Cebulski respondiendo las preguntas que le formulaba el podcaster Íñigo Rodríguez o asistir a un intercambio de ideas sobre los retos que plantea la IA a los traductores moderado por Nieves Gamonal parecen motivos más que suficientes para movilizar al amante del noveno arte. “Está muy bien que haya actividades complementarias como juegos de rol, cosplay...”, argumentaba Íñigo Rodríguez. “Pero lo importante es que sigue siendo un salón del cómic y para el cómic, en que se dan unos premios que tienen gran reputación, en que se da a conocer la industria del cómic española y al que se trae a leyendas como Shintaro Kago o Milo Manara”. O a la dupla creativa que está dando forma a una de las series en curso que mayor éxito de crítica está cosechando y que está llamada a coronarse en los próximos Eisner: Deniz Camp y Javier Rodríguez, autores de Absolute Martian Manhunter.

A pesar de hacer mío el argumento del popular creador de contenido, también me parece honesto señalar que en el par de pasillos dedicados a los artistas indies y los fanzines, uno podía escuchar un runrún de desacuerdo. “Hay varios artistas que están desanimados”, me explicó Hanan Bennouna, una joven ilustradora barcelonesa que firma su obra como DejaBoom, “sienten que se da mayor presencia a los videojuegos, al cosplay y otros hobbies… y que a los fanzineros nos dejan en segundo o tercer plano”. Por ahí parece que también tiene cierto margen de mejora el evento. Precisamente, si puede conservar o recuperar parte del carácter que tuvo como espacio de acceso, se me ocurre que puede ser a partir de potenciar la visibilización de proyectos artísticos que se encuentran en los márgenes de la industria, que se sostienen en la precariedad, pero que suponen una importante fuerza de dinamización del medio, espacios de riesgo creativo desde los que históricamente se ha impulsado la experimentación y el desarrollo creativo de este arte. Aunque como apunta la propia Bennouna: “entiendo que el cosplay, el cine… pueden ser formas de hacer entrar al público al mundo del cómic”. III

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