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Rajoy cesa a Puigdemont y todo su Govern y convoca elecciones el 21 de diciembre
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Rajoy cesa a Puigdemont y todo su Govern y convoca elecciones el 21 de diciembre (Foto: Diego Crespo / Moncloa)

El largo recorrido de la mentira

29 de octubre

Estamos a un centímetro de descubrir que la falta de épica del viernes fue deliberada, no por el cansancio de estos días agitados, no porque la declaración de independencia fuera cosa de la mitad del país, no para demostrar máxima normalidad en el proceso, sino por una cuestión de diseño estratégico de las consecuencias legales.

Para quienes no somos técnicos en la materia, que es el conjunto de quienes devoramos televisión como locos ese día y quienes celebraron la naciente república en las calles, se había declarado la DUI por 70 votos a favor, 10 en contra y dos votos en blanco. Para los juristas, lo que ocurrió en el Parlamento fue un paripé administrativo porque lo que en realidad se votó —como se esforzó en aclarar la presidenta del Parlament— fue la parte dispositiva de la resolución, sin que se pusiera a votación el preámbulo de la misma, donde aparecía la declaración de independencia.

Por eso, dicen quienes han estudiado con detalle jurídico lo que ocurrió el viernes en el salón de sesiones, no ha habido publicación oficial de la proclamación de la república catalana en el DOG, ni en el boletín del Parlament y hubo un desentendimiento general del procedimiento, porque hubo tiempo sobrado de publicar todo eso digitalmente antes de la aplicación efectiva del 155.

Por eso no hubo balcón, ni arriada de bandera y por eso ayer la comparecencia del destituido president iba dirigida en exclusiva a pedir a los suyos que se resistan pacíficamente como harán todos ellos. No está nada mal para un país que acaba de declarar la independencia que lo más importante que esté ocurriendo tenga que ver con la preservación legal de los delitos por los cuales pueden ser acusados a partir de este lunes quienes la han puesto en marcha.

Miedo a la cárcel

El temor de los implicados es que la justicia española pueda acusar de rebelión a quienes han instado la separación de Catalunya del resto del Estado. Para ello es imprescindible que haya habido violencia, según los juristas que ya han opinado al respecto. Y por lo tanto, evitar cualquier atisbo de violencia, es clave para contraponer argumentos legales que eviten la prisión.

Todo esto va para largo, claro, aunque el fiscal general ponga querellas mañana lunes. Entre el período de instrucción y la posible sentencia tienen que correr necesariamente muchos meses, más de los necesarios para impedir que todos quienes ahora están en el litigio se puedan presentar a las elecciones del 21 de diciembre, que todo el mundo da por convocadas y seguras.

La actuación del gobierno Rajoy hasta ahora —veremos lo que irá ocurriendo en los próximos días y semanas— desmiente la sensación de laminación que muchos querían ver en la aplicación del 155. Ayer destituyeron a Trapero pero fue para nombrar a su segundo, en una operación de normalidad jerárquica, que resultaría insólita si no fuera porque el gobierno está poniendo el acento en la mesura que nadie hubiera sostenido después de ver el desastre del 1-O. Destituyeron a Trapero, alegando además que era por su situación jurídica y no por las sospechas de deslealtad —más que evidentes— y este y su sucesor acataron los hechos sin rechistar.

Poco después se sabía que los Mossos dejaban en suspenso las medidas de seguridad de escoltas a los miembros cesados del gobierno y parece que tampoco se actuará con contundencia contra quienes, contraviniendo la lógica de la situación, acudan mañana a ocupar sus despachos, especialmente los políticos, porque se da por hecho que todo el funcionariado, que sabe lo que se juega, aceptará la realidad.

Porque la realidad es esa y no otra, pese a que se insiste en los teatros de la calle que el proceso constituyente ha venido para quedarse y que la república progresa adecuadamente. Tan adecuadamente que, de momento, las fuerzas que la han impulsado mantendrán a todas sus huestes parlamentarias en el Congreso de los Diputados y el Senado del Estado vecino, por si renunciando a ello, se pierden las posibilidades futuras de intervenir en lo que queda de legislatura.

Ahora, buena parte del debate se instala ya en un futuro que nada tiene que ver con la independencia, sino con las elecciones. La principal pregunta de todo el mundo no es como se va a ir consolidando la república sino si se van a presentar todos los partidos, especialmente los del bloque independentista. Presentarse —y para esa decisión no quedan muchos días— equivale por la vía de los hechos a reconocer la virtualidad del 155. No presentarse incluye renunciar durante los próximos cuatro años a mantener presencia política en las instituciones del país. A eso solo estará dispuesta la CUP, para quien las instituciones son únicamente un instrumento para el empoderamiento —complicado concepto— popular.

Insolvencia

Si algún día se descubre que el sueño ha sido conducido por insolventes, el país sufrirá un bajón. De momento ya es un poco sonrojante que la república se declarara gracias al voto de 70 diputados, con 10 votos negativos y dos en blanco, cuando en realidad votaron 83 diputados, 61 de Junts pel Si, 10 de la CUP, 11 de Catalunya Si que es Pot y el no adscrito Germà Gordó.

Ni la presidenta del Parlament, ni los miembros de la mesa fueron capaces de descubrir el error en la teórica mayor decisión de la historia de Catalunya desde hace 300 años. Se dirá que sobraron los nervios y será verdad. Pero una declaración con nervios, sin solemnidad y con la alegría justa, no es precisamente el material con el que se deben tejer los sueños de un país con la autoestima necesaria para salir adelante.

Si algún día se descubre que se ha vendido humo en la calle mientras se mascaba la realidad en los despachos, habrá que pedir cuentas, no a la justicia, sino a la historia. Porque el largo recorrido de la mentira solo es juzgado de verdad en la memoria de los pueblos.

Mientras tanto, para hoy domingo están llamados a la calle los que se sienten españoles y seguramente también españoles y catalanes a la vez. Pero están llamados a la calle con la misma bandera rojigualda que venció a la república y que nos deja, a tantos, impasibles. Y en la tribuna de oradores habrá gente diversa, ciertamente, pero no tanto como para pensar que nos representan a los que no vamos a ir. Muchos seguimos pensando que el país necesita más racionalidad y menos emociones y que las soluciones de futuro dormitan bajo el marasmo endiablado del sentimiento.

Me gustará hablar mañana de esas soluciones de futuro y de esos posibles interlocutores que se pierden en las consignas eternas.

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