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Ramon Comas: el editor excesivo

Por Ángel T. Gacía, periodista

lunes 15 de octubre de 2018, 09:36h
Hacíamos un semanario, el Exprés, y no sé cuantos gratuitos mensuales: Diari de Cornellà, Diari de Sant Boi, Diari de Viladecans, Diari de Gavà, Diari de Sant Feliu, Diari de Molins, Diari de Sant Andeu de la Barca, Diari de Martorell, La Ciutat del Prat, La Ciutat de L'Hospitalet, Diari d'Esparreguera, Cornellà Esportiu, Llobregat Esportiu... Era una locura.
Cierto es que utilizábamos páginas comunes y hacíamos trampas para llenar de forma interesante 16, 24 o 32 páginas mensuales de cada revista, pero era una redacción corta. Eso sí, no puede negarse que era muy productiva.

Fue una escuela de periodistas. Tuve el honor de ser el director durante unos años intensos, en los que jóvenes profesionales como Ramón Álvarez, Alicia Álvarez, Miguel Fernández, Sergio Rodríguez o Marçal Fontanals -y otros que luego vinieron o que habían estado antes cuando "sólo" se hacía el Exprés- trabajaron con ganas y vocación, haciendo un periodismo de proximidad voluntarioso y brillante, visto ahora con la perspectiva del tiempo. Quizá no se pudo hacer un trabajo incisivo, por la línea editorial o por la falta de medios, pero sí que ayudamos a crear una idea de comarca y quiero creer que contribuimos a mantener informada a la gente, idea principal del periodismo. No lo olvidemos.

Al frente de aquella empresa estuvo un tipo que se tomó muy en serio que ser editor de la prensa de proximidad es, además de un discutible negocio, una misión. Como en las películas del oeste: en un pueblo hay un sheriff, un bandido, el dueño del saloon, el enterrador, la madame y el editor del periódico. Este último era Ramon Comas; todo un agente social, en aquel Baix Llobregat sin prensa propia en los kioscos. Eran los años 90, pero ahora seguimos igual.

Comas era un personaje que no pasaba desapercibido, al que querías o... todo lo contrario. Yo le quise; me dio una oportunidad cuando más la necesitaba y creo que no fallé nunca a la empresa, aunque se enfadó cuando la dejé, por agotamiento profesional. Un cansancio que tanto eché de menos más tarde. Y aún ahora. Ramón pisó fuerte en unos años en que crecía la actividad económica y existían oportunidades. Con su atrevimiento le hubiera ido de perlas si hubiera escogido otro negocio, pero la edición local es un mundo frágil. Él, contra viento y marea, creyó en su empresa y llegó a tener más de cincuenta trabajadores.

Fue un exceso comandado por un hombre excesivo. Poseedor de aquel carácter cambiante -ora explosivo, ora dialogante- que hacía que no quisieras nunca entrar en su despacho pero que, una vez dentro, no quisieras salir nunca.

Le enterramos la semana pasada. Tenía sólo 61 años. La salud no le acompañó desde bien joven. Faltó gente a su adiós, para qué callárselo. Pero los que fuimos le recordamos y le recordaremos. Adiós Ramon. Hasta siempre.
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