Hay tradiciones que, por cotidianas, apenas se cuestionan. El Día del Padre y el Día de la Madre han sido durante décadas una de ellas: un gesto sencillo que servía para reforzar vínculos y, de paso, introducir a los más pequeños en el lenguaje del afecto. Sin embargo, en los últimos años, algunos centros educativos han optado por sustituir estas fechas por fórmulas más inclusivas, como el “día de la persona especial”. La intención es clara: evitar que aquellos niños que no encajan en el modelo familiar tradicional —familias monoparentales, con dos padres o dos madres, o situaciones más complejas— se sientan excluidos o señalados. En una sociedad diversa, parece razonable preguntarse si ciertas tradiciones siguen representando a todos.
Ahora bien, reducir el debate a una simple dicotomía entre tradición e inclusión sería simplificar en exceso. Para muchos, la desaparición del Día del Padre o del Día de la Madre o cambiar el nombre o el enfoque de la celebración se interpreta como una reacción sobredimensionada, una muestra más de lo que algunos califican, con mayor o menor ironía, como deriva “woke”.
Pero también sería injusto ignorar la otra cara. No todos los niños viven estas fechas con la misma naturalidad. Para algunos, pueden ser un recordatorio incómodo de una ausencia, una diferencia o una realidad familiar que no siempre se ve reflejada en los discursos más extendidos. La escuela, como espacio de socialización, tiene la responsabilidad de ser sensible a estas situaciones y de evitar, en la medida de lo posible, dinámicas que generen malestar o exclusión.
Ante este escenario, quizá la respuesta no deba ser uniforme ni impuesta desde arriba. La diversidad social también se refleja en la diversidad de comunidades educativas. Permitir que sean los propios centros —en diálogo con familias y docentes— quienes decidan cómo abordar estas celebraciones parece una solución razonable. No se trata tanto de elegir entre tradición o cambio, sino de encontrar fórmulas que, en cada caso, cumplan su función pedagógica y emocional.
Al fin y al cabo, el marco de un Estado de derecho no solo protege derechos, sino también libertades. Entre ellas, la libertad de cada comunidad para organizarse conforme a sus principios, siempre dentro de los valores constitucionales. Quizá ahí resida la clave: no en imponer una única forma de celebrar, sino en aceptar que puede haber varias, todas ellas legítimas si buscan, en última instancia, lo mismo que aquellas viejas tarjetas escolares: reconocer a quienes ocupan un lugar importante en la vida de los niños. III