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EDITORIAL

El gato al agua a cara de perro

El gato al agua a cara de perro

viernes 08 de mayo de 2026, 12:55h

Casi sin hacer ruido —como los propios gatos que ahora dominan no solo ventanas y sofás sino también el ránking de mascotas— el Baix Llobregat y L’Hospitalet están viviendo una transformación doméstica que va más allá de una simple preferencia por una mascota u otra. No es solo que la colonia felina le esté ganando terreno a la de perros, los grandes dominadores desde siempre en los hogares del territorio. Es que, en paralelo, está cayendo en picado la presencia de niños en las casas: menos hijos, parejas sin descendencia y personas que viven solas, de forma deseada o no. Y esa doble tendencia no es fruto de la casualidad. Cuando se observa al detalle, deja de ser un anecdótico cruce de cifras para convertirse en el síntoma de que algo más profundo está pasando, algo que va más allá de la simple competición entre dos tipos muy diferentes de animales de compañía.

Los datos son claros. En apenas cuatro años, los gatos han crecido un 41,9%, hasta superar los 53.000 registros en toda Cataluña, según datos facilitados a El Llobregat por el Archivo de Identificación de Animales de Compañía (AIAC), gestionado por el Consejo de Colegios Veterinarios de Cataluña. Mientras, la tenencia catalana de perros ha caído casi un 25%, quedándose en poco más de 63.000. No se trata de un ajuste coyuntural, sino de una transformación sostenida de la forma en la que los ciudadanos organizan su vida afectiva, su tiempo y sus responsabilidades.

Si analizamos de forma específica las estadísticas de las principales ciudades del territorio también se llega a una segunda conclusión: en las ciudades más residenciales y menos densas, se dispara la población de mascotas, mientras que en hormigueros tipo L’Hospitalet esta proporción baja debido a las pequeñas dimensiones de las viviendas y la falta de espacios abiertos. Si ampliamos el foco y aplicamos sobre el terreno los números del AIAC, las dos ciudades con un mayor número de mascotas en relación al censo municipal de habitantes son Viladecans (18,4%) y Sant Boi (17,9%), localidades en las que hay casi un animal por cada cinco o seis personas. O dicho de otra forma (y teniendo en cuenta que la ocupación media de cada piso es de 2,5 personas): hay prácticamente una mascota cada dos viviendas. En una zona media se sitúan Sant Joan Despí (16,4%), Sant Feliu de Llobregat (15,5%) El Prat (14,3%) y Cornellà (14,1%) –con un animal de compañía cada dos o tres domicilios–, mientras que la tasa de mascotas de L’Hospitalet cae hasta el 12,3% y se limita a un perro o un gato cada tres pisos o más. La lectura es clara: a mayor densidad de población, menor proporción de mascotas. Pero incluso en los contextos más compactos los animales de compañía no son solo un complemento sino un elemento estructural del hogar.

El interrogante que esto plantea es incómodo pero inevitable: ¿Qué está sustituyendo exactamente a qué? Durante décadas, el perro simbolizaba una forma de vida: tiempo disponible, estabilidad, rutinas. El gato, en cambio, representa la adaptación perfecta al nuevo ecosistema: independiente, silencioso, compatible con la ausencia prolongada. No exige paseo, ni parque, ni disciplina diaria. Es, en cierto modo, la mascota de una sociedad sin tiempo.

Pero el cambio no se detiene ahí. Lo verdaderamente relevante no es que los gatos estén ganando terreno a los perros, sino que las mascotas están ocupando un espacio emocional que antes pertenecía a los hijos. No es una afirmación provocadora, sino una constatación ampliamente documentada por este medio. La familia ya no es una estructura fija sino un mosaico cambiante donde los animales se han llevado el gato al agua, pasando de ser compañía a convertirse en núcleo afectivo.

Cuando el catedrático de Sociología de la Universidad de Sevilla, Eduardo Bericat habla de un “sorpasso a la natalidad”, no está blandiendo una metáfora exagerada. Señala un desplazamiento profundo: la energía vital —afectiva, económica, organizativa— que antes se dirigía a la crianza se canaliza ahora hacia formas de convivencia más manejables. Más controlables. Menos exigentes.

Y aquí aparece el elemento más inquietante del fenómeno: la progresiva aversión hacia la responsabilidad prolongada. Tener un perro condiciona. Tener un hijo, aún más. Un gato, en cambio, encaja en una vida donde la autonomía personal se ha convertido en valor supremo. No es casualidad que muchos jóvenes verbalicen el mismo argumento: “No quiero renunciar a mi vida”.

La cuestión ya no es elegir entre perros o gatos. Es preguntarse qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando la flexibilidad pesa más que el compromiso, cuando la compañía sustituye al vínculo y cuando el cuidado de otros se redefine en términos de conveniencia. Porque al final, tras el silencio de los patios sin niños, el ronroneo en las ventanas y el descenso de los ladridos, lo que emerge no es solo un relevo de mascota. Es una evolución del modelo de vida. Y éste, a diferencia de un gato, no siempre va a caer de pie. Más bien, se consolida a cara de perro. III

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