El edificio levantado en la antigua cementera Sanson transformó hace medio siglo Sant Just Desvern y la dotó de identidad propia. El conjunto se concibió como una comunidad autosuficiente, con espacios para la convivencia, la cultura y el intercambio social
Cuando en la década de 1970 empezaron a levantarse las inconfundibles torres geométricas del Walden 7, Sant Just Desvern era todavía un municipio en transición, atrapado entre su pasado industrial y el sueño de convertirse en una pequeña ciudad metropolitana abierta, culta y acogedora. Lo que entonces parecía un experimento arquitectónico atrevido terminó siendo, como hoy reconoce el alcalde Joan Basagañas i Camps, un motor de cambio sin precedentes. “Era un proyecto innovador, transformador, de gran envergadura”, afirma. Y lo fue: urbanísticamente y socialmente, dotando de identidad propia a Sant Just.

El terreno donde medio siglo después se alza majestuoso el Walden era la antigua cementera Sanson, ya cerrada cuando arrancó el proyecto. En aquella época, vivir en Sant Just “no se elegía por trabajo, como pasaba antes, sino por gusto”, recuerda Basagañas. Muchas de esas nuevas familias se instalaron en los barrios que rodeaban el futuro complejo, como la Plana Padrosa o Bellsoleig. El Walden aterrizaba en un lugar preparado para crecer, pero aún con un urbanismo fragmentado.
Reconfiguración del centro urbano
La construcción del edificio no solo cambió el perfil del barrio: dio lugar a una reconfiguración total del centro urbano. El alcalde lo resume con precisión: “Supuso la transformación urbanística de Sant Just hasta los pies del propio Walden”. Esto significó la apertura de nuevas calles, la aparición de equipamientos públicos y la articulación del municipio como un continuo urbano más cohesionado. Para Basagañas, el Walden es mucho más que una pieza arquitectónica: “Es un edificio que por si solo cambió Sant Just Desvern.”
El Walden 7, obra del Taller de Arquitectura liderado por el arquitecto Ricardo Bofill, representa una de las propuestas más radicales del urbanismo utópico de la segunda mitad del siglo XX. Concebido como una ciudad vertical, el conjunto está formado por un sistema modular de torres entrelazadas, patios interiores, pasarelas descubiertas y corredores laberínticos que evocan un ecosistema urbano propio.

La piel rojiza del edificio, inspirada en la tradición mediterránea y en las construcciones de adobe, contrasta con sus formas geométricas y con la profundidad de sus vacíos interiores. El conjunto se concibió como una comunidad autosuficiente, con espacios para la convivencia, la cultura y el intercambio social. Su nombre alude al proyecto utópico Walden Dos, de B.F. Skinner, una obra que explica una sociedad experimental que buscaba nuevas formas de organización humana. Por último, se enlaza esta experiencia teórica con el conjunto del edificio a través del número 7, el ‘número mágico’.
El valor arquitectónico sigue intacto
Más allá de su nombre y su impacto visual, el diseño pretendía repensar cómo se vive, cómo se relacionan los vecinos y cómo se configura una comunidad. Aunque con el tiempo el mantenimiento y la gestión del edificio plantearon desafíos, su valor arquitectónico y conceptual permanece intacto.
Ricardo Bofill y su equipo imaginaron el Walden como una alternativa al urbanismo convencional. Era la época de la crítica a los suburbios periféricos y la reivindicación de estructuras más humanas, complejas y densas. El Walden encarnaba esa búsqueda: un edificio que también funcionara a la vez como experimento social.
Aunque el proyecto final ejecutado fue menos ambicioso que el inicialmente soñado, y que incluía más torres, más espacios comunitarios e incluso equipamientos integrados, la singular creación se convirtió en un icono internacional y en una de las manifestaciones más potentes del movimiento postmoderno y del llamado “arquitecturalismo social” del estudio Bofill.
Arquitectura visionaria y metamorfosis humana
Su fama trascendió los límites del municipio. El Walden 7 pasó a estudiarse en escuelas de arquitectura de todo el mundo y a divulgarse como ejemplo de arquitectura visionaria en plena Europa democrática. Para el alcalde, sin embargo, la mayor aportación del Walden no fue material, fue humana. Al Walden vinieron personas que aportaban a la ciudad talento humano. Esa comunidad, hecha de arquitectos, artistas, diseñadores, investigadores y profesionales liberales, aportó nuevas sensibilidades culturales, políticas y sociales. “Provocaron una gran metamorfosis también en el terreno humano”, subraya Basagañas. Y esa influencia moldeó, en gran medida, el carácter posterior y vigente de Sant Just: un municipio pequeño pero dinámico, masrcado por una intensa vida cultural y asociativa.

El paso del tiempo trajo también dificultades. El alcalde recuerda especialmente la labor de quienes “han asumido responsabilidades en las diferentes juntas de la comunidad y, muy especialmente, aquellas que lucharon firmemente para mantener vivo el edificio en los momentos más delicados de su existencia.”
Una rehabilitación crucial
A finales de los años ochenta, la comunidad de vecinbos -junto con el Ayuntamiento de Sant Just- tuvo que afrontar una decisión crucial: rehabilitar el conjunto (que empezaba a degradarse con la caída de las baldosas cerámicas de lla fachada) o dejar decaer la estructura. Finalmente, el consistorio, liderado entonces por Lluís Segura, tomó “la difícil decisión de mantener el Walden y afrontar la su rehabilitación”. Una decisión que, décadas después, nadie discute. En 1995 se eliminó la mayoría de esas baldosas de cerámica y en su lugar se pintó la fachada de rojo.

Vivir en el Walden 7 es toda una experiencia. El testimonio de sus moradores revela un edificio vivo, contradictorio, luminoso y a veces incómodo, pero siempre intensamente humano. Natalia Bravo vive en el Walden 7 desde 1996. Se mudó con un sueño sencillo: “crear una casa a nuestro gusto y, sobretodo, que se ajustara a nuestro bolsillo”. Lo que no imaginaba es que aquel espacio singular, casi monumental, fuera creciendo también en significado con los años: “Cada día lo veo más especial, no deja de sorprenderme. Para mí es un edificio, una comunidad que late cada día más fuerte. Está vivo y crece con nosotros”, asegura. Natalia vive con su familia y define su hogar como un lugar seguro y tranquilo. Le fascina el cruce de culturas: “Somos muchos, vecinos de todos los rincones del mundo, diferentes culturas, clases sociales, ideologías, edades...”, asegura la vecina. Y aunque admite que el edificio permite tanto la convivencia intensa como la soledad elegida, celebra la facilidad para encontrarse en sus pasillos exteriores: “No todos los edificios tienen pasillos y rellanos, en el exterior, en los que interactuar”, reafirma.
"He visto el Walden"
Entre sus recuerdos más íntimos se incluye un juego familiar que resume lo que significa pertenecer al Walden: “Conforme nos acercábamos a Sant Just, jugábamos a ver quién veía antes el Walden. Con la frase: He visto el Walden, sabíamos que ya estábamos en casa”.

Otro vecino del inmueble, Pol Bordas, llegó al Walden hace ocho años. Primero alquilando, ahora hipotecado: “Un piso del BBVA que no acabaré nunca de pagar…”, bromea, pero siempre atraído por su concepto social: “Representa un proyecto basado en la interacción humana analógica, física, en un mundo cada vez más vacío e individualizado”, postula.
Su día a día Pol lo vive en un edificio que describe como “dinámico, cambiante, que no deja de sorprender”. Aunque reconoce sus sombras (literalmente): “La falta de luz en muchos rincones, sobre todo en las plantas más bajas”, matiza.
Poca filosofía pero unión compartida
Sobre la comunidad, Pol cree que existe un bajo porcen taje de vecinos que residan en el Walden por su valor filosófico, pero, dice, “vivir en un edificio singular crea un sentimiento de unión compartido”. Y si debe elegir un lugar favorito, lo tiene claro: “Los pasillos centrales de la planta 8 y la terraza desde donde se ve la bóveda celeste al completo”. Pol, añade una imagen cotidiana que no todas las arquitecturas pueden permitirse: “Poder llamar desde el balcón a mis niños que están jugando en la Plaza de la Paz para que suban a cenar”.
Marta Nebot, una vecina de 65 años, destaca no haberse sentido nunca la soledad en el edificio. Treinta años después de mudarse, Marta sigue sintiendo un agradecimiento profundo hacia el Walden 7. Maestra de profesión, llegó animada por una madre de una de sus alumnas: “Una vecina nos invitó a conocerlo por dentro y fue un amor a primera vista”. Aunque reconoce haber normalizado algunos aspectos con el tiempo, su labor como guía voluntaria le recuerda constantemente la excepcionalidad del lugar: “En cada visita experimento lo afortunada que soy… Me hacen ser consciente de que formo parte de una comunidad distinta a cualquier otra”. Para ella, habitar en el Walden 7 resulta “como vivir en una casa compartida”, sobre todo en verano, cuando los patios y corredores se llenan de vida.
Amparo en los momentos duros
Marta vivió momentos duros en el edificio; la muerte de su marido, la marcha de sus hijos, cinco años como presidenta, pero nunca perdió la sensación de amparo: “Nunca me he sentido sola. ¡Siempre hay alguien allí! Una segunda familia”, afirma emocionada.
El rincón favorito de Marta es la planta 16, “las piscinas, las cenas de verano…”. Aunque también celebra los corredores donde se organizan encuentros improvisados: “Espacios para reunirse a charlar, tomar algo, celebrar e incluso organizar cenas”. Y guarda una anécdota que resume la esencia solidaria del Walden: “Una vecina operada, sin familiares, tuvo que estar un mes ingresada. Cada día un vecino la recogía del hospital y traía al bar del Walden7. Alguien comía con ella y por la tarde otro vecino la devolvía al hospital. No pasó ningún día sola”, remomora.

Medio siglo después, el Walden 7 sigue siendo una pieza central en el imaginario colectivo de Sant Just Desvern. No sólo como icono visual, sino como símbolo de apertura, creatividad y diversidad social. El alcalde lo expresa con rotundidad: “Nadie se imagina ya a Sant Just sin el Walden” Y todos esperan que estos 50 años sean solo el principio. III