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La impactante conexión entre libro e identidad: secretos para no convertirse en estatua de sal

La impactante conexión entre libro e identidad: secretos para no convertirse en estatua de sal
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Por David Aliaga Muñoz
sábado 10 de enero de 2026, 13:00h
Nunca he contado cuántos libros tengo en casa. Algunos miles. Los suficientes como para que me parezca una pequeña proeza de la memoria recordar cómo llegó a mis manos cada uno de ellos: en qué librería lo compré o quién me lo regaló, si lo escogí porque alguien me lo había recomendado.

En el momento en que tomé consciencia de que guardaba en la cabeza tantos detalles sobre las circunstancias de construcción de mi biblioteca, se me ocurrió que ese peculiar fenómeno de la retentiva obedecía a razones puramente emocionales: me reconforta, por ejemplo, ver esa terrible edición del Quijote en mis estantes y regresar a aquellas tardes en que mi abuelo me leía alguno de sus pasajes, al día en que llegué a su casa para comer y me dijo que aquel ejemplar era ya para mí, con sus subrayados y sus páginas dobladas, con los papeles con notas que había ido dejando entre páginas.

Con el tiempo he sabido que no es un fenómeno tan especial como me pareció de inicio. Diría que fue al editor italiano Roberto Calasso —de esto no estoy seguro— a quien le leí esa idea de la biblioteca como mapa mnémico: la presencia física del libro y su ubicación estable en un espacio facilitan el acceso a recuerdos relacionados con ese objeto. Pero rumiando sobre esa cuestión he llegado a entender que, al menos en mi caso, hay algunos otros motivos, como que las circunstancias en las que ciertos libros han terminado en mis manos forman parte de la experiencia de lectura: me ponen sobre la pista, sobre la necesidad que traté de saciar en el momento en que decidí leerlo, me advierten sobre las expectativas de las que partía mi encuentro con el texto…

Así me sucede con La estatua de sal (Xordica, 2024). La primera persona que me refirió al escritor francotunecino Albert Memmi fue mi rabino. Escribió su nombre en un correo electrónico en que respondía a uno previo en el que yo le preguntaba por autores sefardíes en lengua francesa. De eso hará siete u ocho años. El caso es que no me decidí a leer a Memmi hasta hace poco. El pasado mes de junio me encontraba en Pamplona con mi editora, Olga Martínez. Habíamos viajado en coche hasta la capital navarra para presentar mi última novela y habíamos dedicado varias horas de carretera a conversar sobre la descorazonadora situación de Oriente Medio. Dando un paseo por la ciudad entramos a la preciosa librería Walden y pasando la vista por sus estanterías me tropecé con la traducción al español que Víctor Goldstein había hecho de esa novela que narra la vida de un judío nacido en Túnez, de madre bereber, que Memmi escribió a principios de la década de los cincuenta. Y si lo tomé de la balda en que se encontraba y lo llevé hasta el mostrador es porque intuí que podía hallar algunas respuestas y cierto consuelo frente a tanta violencia en el encuentro entre lo árabe y lo judío que parecía proponerse en sus páginas.

Transitarios de los márgenes sociales

La peculiar configuración identitaria que el protagonista de La estatua de sal hereda del propio autor propicia un texto sobre la experiencia de desubicación y de roce constante que experimentan aquellos que, a medida que toman consciencia de sí mismos, se descubren como transitarios de los márgenes de las definiciones que la sociedad impone para los términos que expresan su arraigo colectivo. Resulta orientadora la definición que Albert Camus hace de su colega en el prólogo que reproduce la edición en español publicada por el sello aragonés Xordica. Memmi fue “un escritor francés de Túnez, que no es francés, ni tunecino. Apenas es judío, ya que, en cierto sentido, no querría serlo”… y que no pudo dejar de ser todas esas cosas, en diálogo, confundidas, contradictoriamente. Alrededor de la identidad como tensión gravita esta magnífica novela.

Aunque tal vez no sea a la que se le da un desarrollo más profundo, una de las tensiones que se aborda en el libro es la de crecer como parte de la minoría judía en un país de mayoría musulmana. Sin embargo, en las páginas de La estatua de sal lo árabe no se presenta como una fuerza antagónica, sino como un espacio de encuentro que puede provocar fricciones, pero que también implica proximidad y reconocimiento. Memmi no idealiza la coexistencia —narra, por ejemplo, cómo su condición de judío implica una posición social inferior que nadie parece decidirse a cuestionar—, pero constata que el deseo de aniquilación no es norma e identifica puntos de contacto —se describen numerosos pasajes de convivencia escolar, relaciones comerciales o de llana vecindad entre personas que comparten una realidad social, un idioma.

Un espacio de lo familiar

Lo que me resulta más interesante, y reconfortante, de la manera en que Memmi relata la relación entre musulmanes y judíos en la Túnez colonizada es que no la establece en términos de antagonismo, como tantos se han empecinado en hacer en estos últimos años. En la voz judía del narrador, el mundo arabomusulmán se enuncia como espacio de lo vivido, de lo familiar… que incluso es amado pese a su incapacidad de integrar lo sefardí en términos de igualdad. Quien cuenta la historia va descubriendo esa situación de asimetría, pero también termina por comprender que los desencuentros que ha padecido no se explican a partir una hostilidad o de una incompatibilidad ontológicas, sino a partir de un orden social heredado y reforzado por las estructuras coloniales. Es decir, que es circunstancial y, por lo tanto, reparable.

El título de la novela, junto con la cita de Génesis de la que parte el texto, nos brinda una clave adicional de desentrañamiento de lo que el autor propone al respecto. Como la mujer de Lot durante su huida de Sodoma, el narrador protagonista mira atrás, pero lo hace con la prevención de no juzgar el pasado. El deseo de quien cuenta esta historia es comprender. Así, la posibilidad de verse convertido en una figura rígida e inmóvil no se propone aquí como un castigo divino, sino como una advertencia sobre las posturas dogmáticas, en distintos ámbitos: cuando la identidad se endurece hasta volverse solidificada, la vida se petrifica, se endurece, se vuelve mucho más áspera.

Construcción de identidades abiertas

En este tiempo dominado por relatos excluyentes, cuando no deshumanizadores, La estatua de sal de Albert Memmi nos asoma a otra posibilidad: la de construir identidades abiertas y en cuestión, conscientes de sus propias contradicciones y dispuestas al reconocimiento del otro. Una mirada que se asienta sobre algo que podríamos referir como una ética de la complejidad y que sería maravilloso que vienese a soterrar las trincheras hechas de eslóganes y odio al que es distinto a mí desde las que tantos pontifican sobre esta compleja y dolorosa cuestión que sigue costando vidas humanas. III

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