Cuando Khadija y Cherive llegaron a Barcelona en octubre de 2023, apenas tenían unas semanas de vida y su caso concentró la atención de todo el Hospital Sant Joan de Déu de Esplugues. Habían nacido en Mauritania unidas por la parte superior del abdomen, compartían la pared abdominal, los hígados estaban fusionados y ambas dependían de un único cordón umbilical, una combinación clínica tan infrecuente como delicada que hacía inviable su tratamiento en el país de origen. La intervención, practicada el 8 de noviembre de aquel año, fue un éxito y permitió separarlas en una operación pionera que marcó un hito para el centro hospitalario de Esplugues. Ahora, más de dos años después, la historia de las pequeñas vuelve a ser noticia no por una nueva cirugía ni por una complicación inesperada, sino precisamente por lo contrario: porque las niñas han consolidado una evolución excelente y hoy hacen vida normal en Mauritania.
Habían nacido en Mauritania unidas por la parte superior del abdomen, compartían la pared abdominal, los hígados estaban fusionados y ambas dependían de un único cordón umbilical, una combinación clínica tan infrecuente como delicada que hacía inviable su tratamiento en el país de origen. La intervención, practicada el 8 de noviembre de aquel año, fue un éxito y permitió separarlas en una operación pionera que marcó un hito para el centro hospitalario de Esplugues. Ahora, más de dos años después, la historia de las pequeñas vuelve a ser noticia no por una nueva cirugía ni por una complicación inesperada, sino precisamente por lo contrario: porque las niñas han consolidado una evolución excelente y hoy hacen vida normal en Mauritania.
El nuevo capítulo vital de Khadija y Cherive llega tras la reciente visita a Nuakchot de Ana Alarcón, jefa del Área de Neonatología del Hospital Sant Joan de Déu, y de la enfermera neonatal Patrícia Romero, que se desplazaron hasta Mauritania para reencontrarse con la familia y revisar a las pequeñas junto al equipo del Hospital Mère et Enfant. El viaje tenía, según explica la propia Alarcón, una doble dimensión. Por un lado, la estrictamente médica, destinada a confirmar sobre el terreno que la evolución seguía el curso previsto. Por otro, una dimensión humana evidente, fruto del vínculo que se creó con la familia desde que el hospital asumió el caso a través del programa solidario Cuida’m. No era una visita motivada por una alarma clínica, sino una constatación de que, después de una intervención tan compleja, el buen resultado no solo se mantiene, sino que se ha afianzado con el tiempo.

El balance que hace el equipo médico es claro. Khadija y Cherive tienen ahora 2 años y 7 meses, pesan alrededor de 10 kilos y no presentan secuelas funcionales derivadas de la separación quirúrgica. Más allá de la cicatriz que conservan en el abdomen, su estado de salud es bueno y tanto su crecimiento como su desarrollo encajan dentro de los parámetros esperables para niñas de su edad. La revisión realizada en Mauritania ha servido precisamente para comprobar que no hay afectaciones en los órganos abdominales ni señales que apunten a complicaciones tardías, una de las cuestiones que más interés despertaba en un caso tan excepcional.
La doctora Ana Alarcón lo resume de forma muy precisa al describir que “no tienen ninguna secuela a nivel funcional de ninguno de los órganos del abdomen, ni tampoco a nivel de lo que tienen que hacer los niños, que es crecer, desarrollarse, aprender”. La frase, que puede parecer sencilla, encierra una enorme relevancia clínica, porque significa que la cirugía no solo ha resuelto el problema anatómico que impedía su supervivencia en condiciones normales, sino que no ha condicionado la calidad de vida de las niñas en el medio plazo. En otras palabras, la intervención no se limitó a separarlas: les ha permitido seguir creciendo sin arrastrar una dependencia médica extraordinaria.
Vida normal como cualquier otra niña
Según la explicación que ofrece Alarcón a El Llobregat, el término “vida normal” al que hacen referencia sobre el estado actual de las gemelas, se refiere a que las pequeñas no tienen problemas de salud derivados de su condición inicial, ni limitaciones funcionales, ni necesidades especiales relacionadas con la operación. Hacen una vida comparable a la de cualquier otra niña de su edad y, desde el punto de vista clínico, no requieren más que los cuidados pediátricos habituales. Esa normalidad, en un caso de siamesas onfalópagas, constituye probablemente el mejor indicador de éxito posible.
La evolución, además, ha sido muy pareja entre ambas. Desde el nacimiento ya presentaban un peso similar y, según detalla la doctora, siguen creciendo de forma prácticamente idéntica, sin diferencias relevantes entre una y otra. Ese dato, que puede parecer secundario, tiene interés porque refuerza la idea de que la separación no dejó secuelas asimétricas ni alteró el desarrollo de una de las dos respecto a su hermana. En términos médicos, la homogeneidad en la evolución también confirma que la intervención fue equilibrada y que la recuperación se produjo en condiciones muy favorables para ambas.
Si en enero de 2024 el foco estaba puesto en la complejidad quirúrgica del caso, ahora el elemento central es otro: la capacidad de Khadija y Cherive para habitar la normalidad. La historia de las niñas ya no se define por el quirófano, por la urgencia del traslado o por la singularidad anatómica con la que nacieron, sino por el hecho de que esa excepcionalidad ha quedado atrás y no condiciona su día a día. Tras regresar a Mauritania, las dos pequeñas han seguido su crecimiento “sin necesidad de volver a Barcelona para revisiones constantes ni de mantener un seguimiento internacional complejo”, algo que, según la propia Alarcón, era un objetivo clave desde el principio.
Ese matiz es importante, porque no todos los casos susceptibles de cirugía internacional encajan en un programa de cooperación de este tipo. En el caso de Khadija y Cherive, el hospital asumió la intervención porque había una expectativa razonable de resolución: una vez operadas, podían regresar a su entorno sin depender de una cadena de tratamientos sucesivos imposibles de sostener a distancia. Si la operación hubiera exigido revisiones complejas o una atención altamente especializada recurrente en Barcelona, la viabilidad médica y logística habría sido mucho más discutible. Precisamente por eso, que hoy no necesiten un seguimiento extraordinario es la confirmación de que el planteamiento inicial fue acertado.
La doctora Alarcón lo ratifica con una formulación que resume perfectamente esa idea: “Son unas niñas que no les hace falta más que los cuidados normales de cualquier niña”. Detrás de esa frase hay una conclusión contundente: la cirugía logró que el caso dejara de ser clínicamente extraordinario. Si en el futuro vuelven a verse con el equipo de Sant Joan de Déu, será más por la relación que se creó con la familia y por el deseo mutuo de reencontrarse que por una necesidad asistencial real. No obstante, el hospital mantiene abierto el contacto y la disponibilidad por si surgiera cualquier incidencia, una posibilidad remota, pero que sigue existiendo dentro de la lógica de un caso tan infrecuente.
La familia, de hecho, conserva un recuerdo especialmente positivo de su paso por Barcelona. En la última visita, los padres trasladaron de nuevo su agradecimiento al equipo médico y al hospital por la acogida recibida durante aquellas semanas tan difíciles, en las que se encontraban lejos de casa, en un entorno desconocido y con una barrera idiomática evidente. Según Alarcón, a pesar de esa situación de vulnerabilidad, la relación fue fluida y el entendimiento entre ambas partes resultó muy bueno en todo momento. El hospital, acostumbrado a trabajar con familias de distintos países, activó los mecanismos de mediación y traducción necesarios para facilitar la comunicación, pero más allá de la logística, el recuerdo compartido es el de una experiencia exigente y delicada, sí, pero también profundamente humana.
Para entender la dimensión de esta buena evolución conviene recordar la complejidad del punto de partida. Khadija y Cherive nacieron el 8 de octubre de 2023 en Mauritania unidas por la parte superior del abdomen. Una semana después, el equipo de Sant Joan de Déu recibió imágenes médicas desde el país africano y empezó a valorar la posibilidad de intervenirlas. Tras estudiar el caso, se concluyó que la separación era viable y se activó el traslado a Barcelona, que finalmente se realizó el 25 de octubre en un avión del Ejército del Aire español. Tras llegar al hospital y realizarse una última valoración personalizada, las dos fueron operadas el 8 de noviembre, justo cuando cumplían un mes de vida. El 21 de noviembre, después de una recuperación rápida, recibieron el alta porque estaban en condiciones de volver a casa con sus padres.
La intervención duró cinco horas y movilizó a una veintena de profesionales, entre cirujanos, anestesistas, neonatólogos, enfermeros, ingenieros, bioingenieros y técnicos de imagen. Parte de ese éxito se cimentó en el trabajo previo de simulación, ya que el hospital realizó una reconstrucción física y virtual en 3D de los cuerpos de las gemelas para ensayar la cirugía antes de entrarlas al quirófano. Como matiza Ana Alarcón, no se trató de una operación “hecha con tecnología 3D” en sentido estricto, sino de “una cirugía abierta cuidadosamente planificada con ayuda de herramientas avanzadas de imagen y simulación”. Ese entrenamiento previo permitió anticipar riesgos, coordinar mejor a los equipos y reducir incertidumbres en un procedimiento que, por definición, exigía una precisión extrema.
Caso único para el hospital
El posoperatorio confirmó que la planificación había sido acertada. Según explica Alarcón, no hubo episodios críticos relevantes ni complicaciones inesperadas. Las niñas llegaron de quirófano con el soporte habitual tras una cirugía de esa magnitud, pero se recuperaron rápido, comenzaron a respirar por sí solas pocas horas después y retomaron la alimentación al día siguiente. Todo transcurrió de forma estable y muy acorde al plan previsto, algo que en un procedimiento de esta complejidad no puede darse por hecho. De hecho, la doctora insiste en que fue precisamente esa combinación entre una buena condición previa de las niñas, una preparación técnica minuciosa y una respuesta clínica muy favorable lo que convirtió el caso en una experiencia tan singular para el equipo.
Pese al impacto mediático que tuvo la operación y a su valor simbólico dentro de la trayectoria, el Hospital, Sant Joan de Déu no ha vuelto a tratar un caso similar desde entonces. No porque el éxito no haya abierto una vía técnica, sino porque el nacimiento de gemelos siameses ya es de por sí extremadamente infrecuente y, dentro de esos casos, resulta aún más raro que la unión sea compatible con una separación segura y con un pronóstico favorable para ambas criaturas. De hecho, este fue el primer caso de gemelas unidas operadas en el hospital y, por ahora, sigue siendo el único.
La última visita a Mauritania sirvió además para observar de cerca otro proyecto de colaboración en el que participa Sant Joan de Déu junto a la consultora Additum y a las autoridades mauritanas, orientado a mejorar el acceso a la atención primaria en el país. El núcleo del proyecto no es “llevar tecnología avanzada” a un sistema sanitario con carencias estructurales, sino reforzar primero las necesidades más básicas y utilizar herramientas digitales allí donde realmente puedan ayudar, especialmente en entornos alejados donde la atención presencial resulta más difícil. Dicho de otro modo, la tecnología aparece como apoyo, no como eslogan ni como sustituto de la base sanitaria que todavía necesita consolidarse. III