Hay barrios en L’Hospitalet y en el Baix Llobregat que no solo se levantaron con ladrillos, sino con una intensa voluntad colectiva. Son barrios que se construyeron a sí mismos. Este 2026 recién estrenado, muchas de las barriadas más populosas del territorio cumplirán 50 años de historia, y su aniversario es también la conmemoración de una forma de hacer ciudad desde abajo, al margen —y a menudo a pesar— de los poderes de su tiempo. Son hijos del final del franquismo, de la Transición y de los ayuntamientos democráticos de 1979. Pero, sobre todo, son fruto de la auto organización vecinal y del tejido asociativo que sostuvo la vida cotidiana cuando casi todo faltaba.
Estas efemérides coinciden —y no es casualidad— con los 50 años de democracia en España, un hito histórico que es imprescindible poner en valor, más allá del alegato destilado por el actual ejecutivo socialista con motivo de la conmemoración de la muerte de Franco. Y es que por encima de la trascendencia de lo celebrado el año pasado- casi nula- da la sensación de que los programas conmemorativos más íntimos, los que van a surgir de los propios vecinos y los que realmente marcarán la memoria viva de la ciudadanía van a pasar casi desapercibidos este 2026 en los barrios. Mientras los desarraigados fastos oficiales reciben cobertura mediática y emolumentos, los jubileos de los vecindarios que levantaron y organizaron sus propios barrios y avivaron la democracia cotidiana, perecen varados en la periferia de la atención pública. Es como si los discursos institucionales teledirigidos le robaran el verdadero protagonismo de este medio siglo de democracia a las calles, al alma cívica que fue su auténtica cuna.
Aquellos barrios de los 70 crecieron rápido, a veces mal planificados, con déficits evidentes de servicios y equipamientos. Y fue precisamente ahí donde apareció una ciudadanía activa que no se resignó. Vecinos que aprendieron a reunirse, a redactar octavillas, a ocupar espacios y a reclamar derechos básicos: escuelas, ambulatorios, bibliotecas, transporte, zonas verdes, cultura. Antes de que la democracia de verdad llegara a las instituciones, este concepto ya se ensayaba en plazas, escaleras y locales improvisados.
El Walden 7 de Sant Just Desvern representa una expresión singular de ese impulso transformador. Nacido como un experimento arquitectónico y social, el edificio ideado por Ricardo Bofill no solo alteró el paisaje urbano del municipio, sino que contribuyó a redefinir su identidad. Allí donde hubo una vieja cementera surgió un ecosistema diverso, con nuevas sensibilidades, que sintetizaron la reconfiguración urbana del centro de la ciudad. Medio siglo después, el Walden sigue siendo el símbolo de una idea poderosa: la ciudad es, ante todo, una construcción de humanidad.
Más clásica en las formas, pero igual de profunda en el fondo, es la historia de la asociación de vecinos de El Poblet-Marianao, en Sant Boi. Una simple caseta trasladada por un vecino se convirtió hace cincuenta años en el epicentro de uno de los movimientos vecinales más activos de la comarca. Nombres propios, compromiso sostenido y una consigna clara —“todo por el barrio y con el barrio”— han marcado décadas de lucha por la educación, la sanidad, la cultura y un urbanismo más digno. Sorprende que hoy, la lista de reivindicaciones sigue pareciéndose demasiado a la de entonces: un nuevo ambulatorio, la biblioteca pendiente, servicios públicos insuficientes...
Les Planes, en Sant Joan Despí, que supera ya el siglo de historia, o Bellvitge, en L’Hospitalet, que ha cumplido 60, completan un mapa de barrios históricos por su vigoroso movimiento vecinal. Espacios construidos con oleadas migratorias, esfuerzo obrero y una fuerte conciencia identitaria común que hizo de la movilización una herramienta comunitaria. Nada fue fruto del azar: sin esta indeleble presión vecinal no habrían progresado muchos de los equipamientos que hoy se consideran imprescindibles.
La paradoja es evidente. Medio siglo después, muchas de aquellas demandas siguen vigentes. Falta vivienda asequible, faltan servicios, faltan espacios culturales y sanitarios para dar un buen servicio a todos. Pero no es porque el movimiento vecinal fracasara. Al contrario: acertó en el diagnóstico y el método. Supo leer el territorio, organizarse en red y mantener una agenda centrada en derechos básicos. Y no rendirse hasta cumplir objetivos.
El desafío actual es otro. El relevo generacional no llega con la fuerza necesaria y el trabajo vecinal apenas consigue espacio en la conversación pública y en los medios. Sin embargo, las asociaciones siguen ahí (con respiración asistida) como estructuras latentes, con memoria, experiencia y arraigo territorial, En tiempos de hiper-conectividad y aislamiento, estos barrios recuerdan que la democracia no solo se ejerce en las urnas, sino también —y sobre todo— en la defensa cotidiana del lugar donde se vive.
Cincuenta años después, los barrios ariete de nuestro territorio, que se construyeron a sí mismos, siguen creciendo... Y siguen esperando algo muy simple: ¡que se les escuche! III