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Georgina (cuarta por la izquierda) posa junto a sus compañeras vestida con un EPI.
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Georgina (cuarta por la izquierda) posa junto a sus compañeras vestida con un EPI.

Los sanitarios afrontan la segunda oleada de covid-19 con angustia y menos fuerzas

Por Álvaro Carretón Navarrete

El personal asistencial de la comarca teme que el comportamiento de la gente y la falta de recursos den lugar a otra grave emergencia. La llaga emocional pasa factura a quienes estuvieron en primera línea durante el colapso hospitalario de primavera

—Aquí subía con el perro durante el confinamiento.

La azotea del bloque de pisos en el que vive Georgina tiene vistas de la plaza Cataluña, uno de los espacios más emblemáticos del Prat. Desde aquí arriba, se ve cómo los niños juegan, los adultos llenan terrazas y los mayores toman el fresco sentados en bancos. Es 14 de agosto y el día anterior España registró la cifra más alta de nuevos positivos desde la desescalada, 2.935. Los expertos advierten de que la situación es alarmante, pero, en la plaza, solo las mascarillas —las de aquellos que las usan— recuerdan que la pandemia de covid-19 sigue presente.

Georgina es enfermera y trabaja en el Parc Sanitari Sant Joan de Déu de Sant Boi. Durante los meses más duros de la emergencia sanitaria, dejó su puesto en el servicio de Psiquiatría para atender a pacientes con covid-19, tanto en urgencias como en planta, durante el turno de noche. Hace semanas que Georgina recuperó su anterior ocupación, pero aún vive con miedo de convertirse en portadora del virus y contagiar a su familia. Ella tiene anticuerpos, pero desconoce si sus padres y su hermano los tienen.

—Sé perfectamente con que paciente me contagié y en que momento, porque me estornudó en la cara.

Ocurrió a finales de febrero. Georgina se aisló en su habitación, pero su padre y su hermano presentaron síntomas compatibles con el covid-19 a los pocos días. Entonces decidieron que el aislamiento se había acabado porque era imposible evitar la transmisión del virus. A pesar del malestar general, ninguno tuvo complicaciones ni necesitó de una hospitalización. La madre no tuvo ningún síntoma.

Georgina se siente responsable de haber expuesto a su familia y, desde entonces, el miedo no desaparece. De hecho, ha creado su propio protocolo para asegurarse de que vuelve del trabajo desinfectada: cuando acaba el turno limpia los zapatos que ha usado con clorhexidina y se ducha en el hospital, antes de subirse al coche se lava las manos con gel hidroalcohólico —acción que repite a menudo— y, al llegar a casa, vuelve a ducharse. Solo entonces se permite bajar un poco la guardia.

El 9 de abril Georgina cumplió 24 años, para aquel entonces ya se había recuperado del contagio e incorporado al trabajo. Ese día compró un pastel para celebrarlo con sus compañeras, su equipo. Ellas fueron su apoyo en los momentos más duros y crearon un vínculo que va más allá de cualquier relación profesional, como refleja la foto en la que aparecen juntas en el hospital que Georgina va a enmarcar y a colgar en su habitación. Tan unidas estaban —y están— que cuando las separaron se prometieron que, en caso de que las llamaran otra vez, volvían juntas o no volvían. Fue una promesa sellada con lágrimas.

El personal sanitario sabe que no es descabellado pensar que se tengan que movilizar e inventar recursos de nuevo para combatir una segunda gran oleada de contagios. Por eso el equipo de Georgina hizo aquel pacto. Sin embargo, ella no quiere ni imaginar revivir una situación como la de primavera. No sabe si podría soportarla; al igual que muchas compañeras, ni siquiera ha hecho vacaciones y reconoce que no están fuertes como antes.

El peaje emocional que han pagado las personas que estuvieron en primera línea es incalculable. Georgina afirma que no conoce a nadie que haya retomado su vida con normalidad. Ella, por ejemplo, nunca olvidará las palabras que le dedicó una paciente antes de irse: “Chica, te has portado muy bien conmigo, muchas gracias por todo. Tengo que decirte una cosa y es que me voy a morir”. Fue la primera vez que una enferma le dijo algo así. Al final acabó perdiendo la cuenta de los pacientes que tuvieron gestos parecidos.

Una de las cosas que peor llevó Georgina fue tratar con personas que eran totalmente conscientes de su situación, de que iban a morir. Explica que la lucidez con la que los enfermos enfrentaban su diagnóstico era sobrecogedora. Cada noche, recuerda, fallecían dos o tres personas. Ellas, que eran su único contacto con el exterior, les acompañaban. A veces, incluso, intentaban ir más allá, como cuando un paciente pidió a Georgina un bocadillo de calamares y una cerveza. Ella decidió satisfacer el último deseo del enfermo, pero cuando regresó a su habitación con el refrigerio ya estaba sedado.

Puede que ese día Georgina llamara a su amiga María al acabar el turno. Ya no se acuerda, pero muchas veces lo hacía tras una jornada dura. Casi siempre le decía las tres mismas palabras antes de colgar: “No puedo más”. Luego se acostaba y no se levantaba hasta que tenía que irse al trabajo, vuelta a empezar. En la facultad le habían dicho que no sería la misma persona con bata que sin ella, pero enseguida se dio cuenta de que solo era una frase que quedaba bien: “Te lo llevas todo a casa”.

En la plaza la gente sigue a lo suyo, inmunizada contra testimonios como el de Georgina, que se muestra decepcionada con el comportamiento de la mayoría. Cuestiona que no piensen en el bien común y apunta que, si no se toman en serio las medidas de prevención, su egoísmo puede desencadenar en esa segunda oleada de contagios que tanto preocupa al personal sanitario.

En realidad, a Georgina no le sorprende su conducta porque recuerda que el individualismo ya costó vidas durante el confinamiento, cuando fue uno de los causantes de la saturación del Sistema de Emergencias Médicas (SEM). Explica que, pese a que se indicó cómo debía usarse el servicio, la gente llamaba a la mínima que creía tener algún síntoma y provocó el colapso de las líneas. Recuerda que una noche un hombre se presentó en un hospital y, sollozando, explicó que su mujer acababa de morir —probablemente de un ictus— en casa. Como el SEM estaba saturado, nadie le había atendido. Ya solo pedía que, por favor, recogieran el cuerpo.

Georgina también cuestiona el discurso de las instituciones. “No significa nada que reconozcan nuestro trabajo si no invierten”, afirma. Cuando se concedió el Premio Princesa de Asturias a los sanitarios, reaccionó con cierta indiferencia: para ella, una condecoración significa poco si no va acompañada de la inversión necesaria para garantizar una cobertura sanitaria de calidad —a todos y en todo momento—. Los aplausos, aunque reconoce que fueron un gesto bonito, los vivió de un modo similar: “No me sirven si vamos a seguir votando a gente que recorta en sanidad”.

Secuelas emocionales, conductas irresponsables, falta de empatía, recursos limitados. Cuando se le pregunta si los sanitarios están preparados para afrontar una crisis como la de primavera, Georgina no titubea porque es plenamente consciente de la realidad, así como de su compromiso como enfermera.

—No, no estamos preparados, pero si hay que estar estaremos, no queda otra.

Georgina es enfermera y trabaja en el Parc Sanitari Sant Joan de Déu de Sant Boi.
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Georgina es enfermera y trabaja en el Parc Sanitari Sant Joan de Déu de Sant Boi. (Foto: Álvaro C.N.)
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