La figura del padre y la de la madre no son meros téminos sustituibles o etiquetas prescindibles. Representan, en la mayoría de los casos, vínculos esenciales en el desarrollo emocional, afectivo y social de los hijos. Nombrarlos, celebrarlos y reconocerlos no es un gesto excluyente, sino una manera de poner en valor la familia como espacio de cuidado, responsabilidad y amor.
Sustituir estas celebraciones por conceptos ambiguos puede parecer trivial pero no lo es, porque se corre el riesgo de diluir aquello que precisamente deberíamos reforzar: el reconocimiento de quienes, con sus aciertos y errores, ejercen la paternidad y la maternidad. La diversidad familiar existe, por supuesto, y debe ser respetada y acompañada con inteligencia. Pero la inclusión no debería construirse a costa de borrar lo que para muchos niños sigue siendo una realidad significativa.
La escuela tiene un papel clave en la formación en valores, y entre ellos está también el de reconocer la importancia de los vínculos familiares. Adaptar las actividades para que nadie se sienta fuera es necesario; eliminar las referencias, quizá no lo sea. Hay margen para la sensibilidad sin caer en la neutralización total.
Tal vez la clave esté en sumar, no en sustituir. En ampliar las miradas sin borrar las palabras. Porque cuando dejamos de nombrar, corremos el riesgo de que también dejemos de reconocer.
Celebrar el Día del Padre o el Día de la Madre no debería ser un problema. El verdadero reto es hacerlo con empatía, con respeto a la diversidad y sin renunciar a aquello que forma parte de nuestra identidad colectiva. III