La red es antigua, con tramos que superan las dos décadas sin renovación integral, con casi la mitad de vías únicas y puntos críticos sometidos a una saturación que supera el 75%. Este deterioro no es fruto de un episodio puntual, sino de una acumulación de falta de mantenimiento e inversiones insuficientes. Durante años, el debate sobre Rodalies ha quedado atrapado en la pugna política sobre quién tenía la responsabilidad última. Mientras discutíamos el pasado, el servicio seguía degradándose.
Hoy, sin embargo, se abren brotes verdes que no deberíamos desaprovechar. La creación de la nueva sociedad mercantil Rodalies de Catalunya, participada por la Generalitat y Renfe Viajeros, simboliza una voluntad de corresponsabilidad. El Ejecutivo de Pedro Sánchez y el de Salvador Illa han situado como prioridad abordar los incumplimientos acumulados, con un ambicioso plan de obras que prevé inversiones de 600 millones de euros anuales. No es una solución inmediata, pero sí un punto de inflexión si se mantiene la determinación política y la coordinación institucional.
La lección de esta crisis va más allá del ferrocarril. Las infraestructuras de transporte, como la educación, la vivienda o la sanidad, forman parte del armazón que sostiene nuestro estado del bienestar. No pueden depender del calendario electoral ni del cálculo de la rentabilidad partidista a corto plazo. Son inversiones estratégicas que requieren estabilidad, planificación y compromisos compartidos.
Ojalá que el caso de Rodalies, tras años de desencuentros, se convierta en el ejemplo de que cuando se antepone el interés general y se trabaja desde el acuerdo, es posible revertir el deterioro y recuperar la confianza ciudadana. Esa es la política útil que necesitamos. III