En un contexto en el que el área metropolitana de Barcelona vive una tensión habitacional sostenida —con el Baix Llobregat, L’Hospitalet y su entorno inmediato empujados por los mismos precios altos, la misma escasez y la misma inseguridad residencial—, un proyecto nacido desde abajo, en L’Hospitalet, rompe el guión habitual. Les Juntes, una cooperativa de vivienda impulsada desde el tejido comunitario del barrios de La Florida, ha recibido la medalla de bronce en los World Habitat Awards 2026, un reconocimiento internacional organizado por ONU-Habitat junto con la Building and Social Housing Foundation (BSHF).

El premio de alcance internacional —entregado el 20 de enero de 2026 en Leicester (Reino Unido)— sitúa a Les Juntes entre 25 soluciones innovadoras de vivienda que alcanzan la fase final del certamen. No es un galardón “decorativo”: el jurado subraya que el modelo se aleja de enfoques asistencialistas y coloca a las personas como sujeto activo del derecho a la vivienda.
De beneficiario a protagonista
Ese matiz —pasar de “beneficiario” a “protagonista”— es clave cuando miramos al territorio. La Florida concentra, en muy poco espacio, una de las densidades más altas de Europa: alcanzando los 86.029 hab/km² (2025). En barrios así, la vivienda no es solo un techo: es estabilidad, salud, escolaridad, redes de cuidados y capacidad real de arraigo. Y cuando el acceso falla, el barrio entero paga el precio.

La noticia del bronce mundial no se entiende sin el mapa social cotidiano del Samontà de L’Hospitalet: contratos inestables, sobreocupación, rotación forzada de pisos, y una presión constante por parte del mercado. Les Juntes propone una respuesta quirúrgica a una realidad que es estructural: no construye un bloque nuevo, sino que compra vivienda ya construida —a menudo procedente de bancos y fondos— y la saca de la dinámica especulativa para convertirla en vivienda cooperativa de uso.
Desde 2023, la cooperativa ha rehabilitado recuperado ocho viviendas y garantiza un hogar a 30 personas, diez de ellas menores de edad, con una base social de 50 personas asociadas. En paralelo, coexiste una red vecinal más amplia que no se limita a la vivienda. El propio planteamiento habla de vulneraciones que se solapan —alimentación, cultura, libre movimiento— y de apoyo mutuo como infraestructura real de supervivencia urbana.
Las decisiones se toman de forma colectiva
Ese enfoque explica por qué no se premia únicamente la obtención de pisos, sino el método: organización comunitaria, propiedad colectiva, y reglas del juego diseñadas para aguantar la realidad con el mercado. “Aquí no hay un propietario que imponga condiciones; hay usuarios que, a través de una figura colectiva como la cooperativa, deciden cómo gestionar la economía”, señala Francisco Rubio.

En la práctica, las viviendas se sostienen con una cuota vinculada al retorno de los créditos que permiten comprarlas, no al precio máximo que el mercado esté dispuesto a pagar. En este momento, según detalla Francisco Rubio, socio y colaborador de Les Juntes, la cuota es de 450 euros por vivienda. Los pisos, habituales del parque residencial del barrio, se mueven en horquillas de 45 a 65 m² y, en general, con configuración de dos habitaciones.
Sostener el proyecto y amortizar la compra
En un alquiler, el precio y las condiciones se definen desde la propiedad y desde el mercado. En el caso de las viviendas gestionadas por la cooperativa, se orienta a sostener el proyecto y amortizar la compra. Y, una vez amortizada, la comunidad decide si la cuota se mantiene para crecer (es decir, comprar más viviendas para combatir la escasez) o para pagar la cuota mínima de mantenimiento.

Esa lógica conecta con el núcleo del proyecto. Rubio lo resume así: “La diferencia es sobre todo política: los socios son actores en la toma de decisiones sobre su situación y sobre la comunidad a la que pertenecen”. En otras palabras, no se trata solo de abaratar el precio de los alquileres sociales, sino de blindarlo frente a subidas arbitrarias, frente a la fragilidad que convierte la vida en provisional.
Saturación urbana y presión demográfica
La vivienda cooperativa en La Florida no se separa fácilmente de otros edificios comunitarios colindantes: saturación urbana, presión demográfica y tensiones derivadas de la precariedad. La cooperativa lo asume y lo incorpora, pero para formar parte de ella no basta con necesitar un piso, la condición es participar como socio activamente.

El itinerario tiene una lógica deliberada: conocer el proyecto, exponer la situación, recibir explicación del funcionamiento y presentar la solicitud a la asamblea. Después llega un periodo de prueba con compromisos: cuota mensual, asistencia a asambleas, formación en cooperativismo. También existe un capital social inicial de 300 euros, y si alguien no puede asumirlo de entrada, la cooperativa cuenta con un fondo de emergencia para cubrirlo temporalmente.
Contra las listas de espera y el asistencialismo
Esta estructura es una defensa contra dos riesgos típicos: convertir la cooperativa en una lista de espera, que no para de crecer, y reproducir el asistencialismo, donde la ayuda llega desde fuera y el barrio queda como espectador. Rubio lo formula claramente: “Muchas personas llegan en situación de emergencia real. La cooperativa no es una respuesta a estas situaciones. Es una respuesta a largo plazo.” El modelo también es disperso. En lugar de concentrar a todas las familias en un único edificio, incorpora pisos repartidos por el conjunto del barrio. El requisito esencial no es el código postal exacto, sino la inserción en la red.

La iniciativa está impulsada por LaFundició, con la colaboración de Fundació La Dinamo y el soporte de La Florida s’aveïna (comunidad urbana donde participa, entre otras entidades, la asociación vecinal del barrio). Y, más allá de la vivienda, se apoyan espacios autogestionados del barrio que actúan como áreas comunes —lugares de reunión, organización y vida cultural— cuando el parque de pisos es disperso. En barrios de alta densidad y pocas zonas comunitarias, disponer de estos lugares es casi tan estratégico como la vivienda misma.
Financiación ética y suelo comunitario
El premio de los World Habitat Awards reconoce la labor de la cooperativa y empuja inevitablemente a la pregunta incómoda, ¿puede crecer el modelo al ritmo de la necesidad? Hoy la cooperativa aloja a 30 personas en ocho viviendas, mientras el número de socios supera esa capacidad. El propio proyecto evita inflar expectativas: si la distancia entre personas socias expectantes y pisos disponibles se dispara, aparece frustración, conflicto interno y desgaste organizativo.

El plan de ampliación existe, pero no depende solo de voluntad, Rubio apunta a un objetivo de sumar cinco o seis viviendas sobre el 2028 y, en general, ampliar todo lo posible. La financiación, mientras tanto, se sostiene con una mezcla que encaja con el ADN del proyecto, mediante la financiación de entidades como Coop57, entre otras aportaciones voluntarias, una campaña de títulos participativos con retorno bajo (alrededor del 2%) y subvenciones públicas de la Generalitat vinculadas a economía social.
Capacidad para multiplicar estas fórmulas
Aquí aparece un ángulo particularmente relevante para L’Hospitalet, el Baix Llobregat y el conjunto metropolitano, la capacidad de las administraciones para multiplicar estas fórmulas. Pero escalar requiere, además, un blindaje institucional más profundo, es por eso que Les Juntes proyecta la creación de un Fondo de Suelo Comunitario (una forma local de Community Land Trust). Se trata de una arquitectura pensada para que los pisos queden bajo propiedad colectiva y no puedan volver al mercado especulativo. Esta entidad de segundo grado incorporaría a la propia cooperativa, a La Fundició y a la asociación vecinal del barrio, para custodiar el patrimonio y ceder el uso a las personas socias. Con un parque de vivienda social históricamente bajo en España, proyectos como el de Les Juntes retiran pisos del circuito especulativo, pero también como recordatorio de escala: el problema es masivo y las soluciones necesitan aliados institucionales si se pretende impacto metropolitano.

En La Florida, donde la densidad aprieta y las oportunidades no siempre acompañan, ese aprendizaje no es teoría. Es supervivencia urbana con método, y ahora, además, con un bronce mundial que obliga a preguntarse :si el barrio puede hacerlo, ¿qué falta para que el sistema lo escale? III
| El Prat impulsa la mayor promoción cooperativa de Catalunya |
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En El Prat de Llobregat, el cooperativismo de vivienda da un salto de escala con la inauguración de 101 viviendas de alquiler cooperativo, asequible y estable, promovidas por la Cooperativa Obrera de Viviendas (COV) junto al Ajuntament del Prat de Llobregat. El proyecto se presenta como la promoción de vivienda cooperativa más grande de Catalunya gestionada de forma integral por una cooperativa, y refuerza una idea central: la vivienda como bien de uso y no como activo especulativo. Un detalle relevante de accesibilidad es que las personas adjudicatarias no tienen que realizar inversión inicial, lo que reduce barreras de entrada para hogares con pocos ahorros.

De las 101 viviendas, 89 familias se integran como socias de la cooperativa; las 12 restantes se gestionan mediante convenio por Prat Espais, e incluyen dos viviendas para COOUFAR, orientadas a una comunidad inclusiva para personas con discapacidad intelectual. El edificio (3.300 m² de solar público cedido; 9.860 m² edificables) apuesta por eficiencia: calificación energética A, aerotermia comunitaria, ventilación cruzada, terrazas y espacios comunitarios, además de 110 plazas de aparcamiento y 69 trasteros. La financiación combina músculo público y ética: Institut Català de Finances (ICF), Agència de l’Habitatge de Catalunya, Institut Català de l’Energia (ICAEN), Coop57 y Fiare Banca Etica, más recursos propios de la COV. — SONIA ALGABA BENITO.
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